En Blanes, un invierno de sueños blancos y felices juegos.

Aquellos días de sol entretejido, de miradas luminosas y atónitas; de geranios y canciones en el patio de la casa, con notas de hierbabuena y risas, con olor a membrillo en los armarios.
Aquellas mañanas abiertas a la aventura, al estudio de las hormigas y los caracoles; tiempos de vestir y desvestir muñecos, de hacerles camitas ásperas y alimentarlos con cualquier cosa.
Aquellos juegos en las calles encharcadas, libres de asfalto, adornadas con truques y rayuelas, elíseos infantiles de bajo coste, rincones azotados por las deshilachadas combas, receptores de saltos infinitos, de carreras, sonrisas cómplices y tropezones.

Aquellas pequeñas vidas de papel recortable, inventadas como casi todo, por las ávidas e inquietas mentes en la crecida marea; aquellos libros convertidos en armarios de sus prendas, con el ardor impaciente de unas manos tiernas, de una ilusión sin mancha.

Aquellos gordos de nieve, con sus mudos ojos de carbón, a veces con sombrero y bufanda larga, como los sueños que arropan los inviernos fríos. Era un frío ignorado, olvidado en el fuego de un entusiasmo invicto.

Aquellas guerras de mentira, disparando risas de verdad en los jubilosos gritos, y el silencio de las tardes cuando la chiquillería llenaba la taberna bajo el único televisor del barrio: la fidelidad era una cita con ojos de coyote suicida y plumas de correcaminos cruel.
Aquel mirar a los padres sin comprender nada, aquella búsqueda de caricias, de juegos, de palabras dulces. Aquellos tebeos esparcidos en la alfombra, mil vidas entre viñetas, lamiendo caramelos de azúcar tostada en la sartén.
Aquellos tres columpios, tres, al otro lado de la calzada, frontera prohibida; y de este lado —menos mal—, la única tienda de golosinas, con pipas de girasol en bolsas de una peseta y chucherías mínimas de un céntimo.
Aquella prematura muerte que les privó del padre y se tragó su niñez, hundiéndola en un silencio forzoso y repentino. Aquella felicidad arrinconada, calcinada en el infierno de un brutal olvido: infierno de que te olviden, infierno de olvidar tú.
Aquel tiempo de luminoso curso, huidizo… y este rastrear continuo de su huella, de perseguirla a toda costa. Este deseo poderoso, irrenunciable, en busca de Ítaca, sin descanso, para vivificar el alma, para recuperar la vida.

Mariaje López
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