Seguimos con el extracto número cinco de El mundo de la línea infinita: Nostalgia. De los precedentes hay enlace abajo. 
Ramón
fue el primero en acostarse; ella todavía se quedó un rato en el cuarto de
baño. El espejo era un testigo fiel y sin concesiones. Se enjuagó la boca, se
lavó la cara, y volvió a contemplarse: en su mirada, tras una neblina permanente,
brillaba una llama lejana y enigmática; era algo cuya naturaleza no alcanzaba a
comprender, ya que contrastaba abiertamente con su naturaleza alegre. “Nostalgia”,
le había dicho su marido en varias ocasiones. La primera fue siendo novios. Le
extrañó aquel comentario, pues realmente no añoraba nada. Como Ramón insistía,
le punzó la curiosidad. Buscó en el diccionario el significado de la palabra y
halló dos definiciones posibles:


1- Pena de verse ausente de la patria o de los familiares y amigos.

2- Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.

Frunció
el ceño. Que ella supiese, ninguna de las dos tenía relación con su caso. Se
quitó los pendientes con la vista fija en el espejo, repitiendo mentalmente la
última definición: “por
el recuerdo de una dicha perdida”…
Detrás
de su imagen se reflejaban los azulejos de la pared. Los había elegido ella,
años atrás, y debido a su entusiasmo Ramón cedió, pese a que no terminaban de
convencerlo. Cada día mientras se duchaba, quedaba absorta en el diseño, y a
veces se abstraía tanto que no era consciente de estar malgastando el agua.
Cuando esto sucedía se regañaba por no tener cuidado con algo tan valioso.
Ciertamente
aquel dibujo tenía mucho de hipnótico: en su composición, una línea sin fin
unía toda suerte de motivos dispares, cada cual independiente, pero conectado
con los demás por aquella ristra infinita. Centró de nuevo la atención en su imagen,
y percibió —ahora sí— un cambio sutil. Se acercó un poco más… y allí estaba, en
el fondo de sus pupilas: nostalgia.
¿Por qué hasta ese momento no la había reconocido?  Cayó en la cuenta de que nunca antes había
mezclado ambas visiones, la de su rostro y el dibujo en la pared. Parecía
existir una relación, pero ¿cuál? Advirtió una huella borrosa, la memoria de un
lugar remoto y a la vez familiar, y le turbaba esa cercanía difusa. No era
miedo lo que experimentaba, sino inquietud; como de estar a punto de alcanzar
el borde de un precipicio extrañamente amable. Colgó maquinalmente en la barra
la toalla húmeda. Pensándolo despacio, también otras circunstancias le
suscitaban idéntica fascinación. Siempre le pasaba cuando su atención era capturada
por líneas interminables. Por ejemplo: con los raíles del tren, o con la línea
del horizonte sobre el mar, o incluso al anochecer, cuando un solo trazo unía el
perfil de los tejados a contraluz. Estaba claro que ese tipo de imágenes le provocaban
nostalgia. “Pero nostalgia… ¿De qué?”. 

El mundo de la línea infinita. (Mariaje López y Marta Virseda)
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