He pasado el último mes leyendo las Novelas reunidas de Miguel Ángel de Rus, un grueso volumen que recopila cinco de sus novelas escritas en los últimos veinte años: 
Europa se hunde
Dinero, mentiras y realismo sucio
Cuando entregarme a los hombres era la única venganza
Patria
Bäsle, mi sangre, mi alma
Esta colección me ha proporcionado muchas horas de plácida lectura, y cada obra, a su modo, ha logrado despertar mi interés y mi admiración. Sin menoscabo de las cuatro primeras, que tal vez aborde en otra ocasión, reseñaré hoy la última de todas las citadas, solo porque además de su gran calidad percibo en ella cierto cambio de registro, un regusto más acentuado de su genuino clasicismo moderno.

A la sombra del autor irreverente (nombre del movimiento que surgió en torno a él con su primera obra, Cuentos irreverentes), muy pronto intuí al escritor sensible, exquisito, rendido a la belleza en todas sus facetas, y vulnerable a su destrucción allá donde se produzca. Esa herida por la belleza rota solo sabe curarla con más belleza, y  de ahí el lamento, y la búsqueda, porque ella cada vez se esconde más de la estulticia. Este es el Miguel Ángel de Rus que confirmo durante la incursión en Bäsle, mi sangre, mi alma. 
Esta novela de longitud media es un ejemplo rotundo de buena literatura. Es una novela documental o un documento novelado, como se quiera tomar. Difícil es atrapar con la palabra cuando no es la acción la que predomina, y De Rus lo consigue plenamente con un vehículo distinto: la idea, el sentimiento de levedad que nos sobrecoge al enfrentarnos con el sistema, la frustración de intentar ubicarnos en un universo que evoluciona al margen de nuestros ideales e ignora nuestras aspiraciones. 
Su emoción es contagiosa, nos conmueve en su apasionado afán de restituir al genio su justa memoria mancillada, el Mozart ultrajado al que tanta elevación sobre nuestra miseria debemos, y a quien tan mal pagamos en la vida, en la muerte, y si nada lo remedia, por los siglos. Esta novela quiere contribuir a la restitución debida. El lector obtendrá en sus páginas una versión más fidedigna, limpia y justa del mayor genio que ha dado la música. Me pregunto quién debe más a quién: Mozart a la música, o la música a Mozart. 
Al hilo de las cartas del joven Wolfgang a su prima María Anna Thekla, de la que estuvo enamorado y a quien llamaba cariñosamente Bäsle (conejito), Miguel Ángel de Rus entresaca, de este epistolario incompleto, una lúcida y minuciosa interpretación de los hechos, trazando con un hilván preciso la personalidad y el recorrido vital de un ser humano excepcional, de su vida tan intensa y brillante como fugaz. Lo hace por boca de tres narradores: el propio Mozart en sus cartas, su último eslabón ilegítimo y un amigo fiel de éste, que narra lo que ya no puede narrar el anterior. Personajes recorridos por el dolor y la dicha de la gloria, o por el contacto con su estela. 
Bäsle, mi sangre, mi alma; nos llega impregnada de una dulce amargura y un fervor rendido, como una sublime proclama de inocencia traicionada, violentada, y nos arroja una luz valiente y solitaria, frente a la ceguera inmensa, e indigna, de la versión oficial. La Bäsle de Miguel Ángel de Rus es una filigrana poética surgiendo del barro, atravesando la mente y el corazón, y dejándonos más cerca que nunca del verdadero Mozart. 
Si te interesa, la tienes aquí.
Mariaje López
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