Hoy ha sido un día extraño: hoy se me ha caído el rencor. 
Para mí ha sido un misterio, porque llevaba años persiguiéndolo. Ahora sé que no lo intentaba de veras porque creía, sin asumirlo, que el rencor era un escudo. Me acuerdo de un sabio que decía algo así como que de poco sirve el esfuerzo para desterrar creencias, ya que éstas se disuelven solas en la comprensión. 
Comprender es más que saber; es ir más allá de la consonancia intelectual. La consonancia intelectual sabe que fumar es perjudicial para la salud, por ejemplo. Sabe, pero no comprende el total alcance y sigue fiel a su conducta viciada. Pero si además de saber comprende, deja el cigarrillo sin ningún esfuerzo, es como si se le cayera de la mano inadvertidamente; conozco un par de casos que sirven de ejemplo a lo que digo. El sabio al que me refería era Krishnamurti; y tenía razón. 

Cuando mi rencor se ha ido, he recuperado el mando. Antes tuve que pasarlo horriblemente mal. Mi sufrimiento fue intenso, prolongado, sin tregua; una locura.

Pero terminó.

No es que hoy vea bondad donde antes olí perfidia, mas explotó mi burbuja y amplié el campo de visión. El rompecabezas cobra sentido, y cada pieza revela su misterio. Entonces surge la comprensión, y con la comprensión llega la compasión. 

Compasión.
¡Qué gran palabra; qué hermosa!
La compasión no es lástima; es mucho más que eso. Es mucho más incluso que su significado etimológico: padecer con. Es comprender el padecimiento, y eso sí que redime. Ya no es necesario seguir empujando esta rueda de molino que nos tritura. De repente logro perdonar. No ha habido esfuerzo, ningún esfuerzo. Ni siquiera me he dado completa cuenta del momento exacto en el que se ha producido la catarsis. Sólo constato una vez más que no ha habido esfuerzo, sólo comprensión. 
Respiro una serenidad por largo tiempo esquiva, y es increíble cómo al recobrarla me siento capaz de todo. 

Hoy he abrazado el dolor, pero he vencido al sufrimiento. 
Mariaje López.
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