¿Qué es el cosmos?

Carl Sagan nos lo dice en la primera frase del primer capítulo de COSMOS:

El cosmos es todo lo que es, alguna vez fue o alguna vez será“.

Y prosigue: 


“La contemplación del cosmos nos perturba. Sentimos un hormigueo en la espina dorsal, un nudo en la garganta, una vaga sensación, como si fuera un recuerdo lejano de que nos precipitamos en el vacío. Sabemos que nos estamos acercando al mayor de los misterios“. 

Arrancamos con el tema insignia de Cosmos: Heaven and Hell (Parte 1) de Vangelis. Cuando esta música sonaba en el televisor, yo lo había dispuesto todo para no tener que moverme del sofá durante la hora siguiente. Esto ocurría una vez a la semana, en horario estelar de noche, justo después del telediario de las nueve. La primera cadena de Televisión Española le había echado mimo a su adquisición; tanto, que eligieron con cuidado al actor que doblaría a Sagan, y hasta le buscaron un asesor técnico para ayudarle, pues nunca se habían enfrentado a un reto como aquel. El mejor especialista que encontraron era un jesuita, dato curioso en una serie tan agnóstica como la que nos ocupa. En el décimo episodio se plantea la supuesta autoría de la creación: 

“Si el cuadro general de un universo en expansión y de un Big Bang es correcto, tenemos que enfrentarnos con preguntas aún más difíciles. ¿Cómo eran las condiciones en la época del Big Bang? ¿Qué sucedió antes? Había un diminuto universo carente de toda materia y luego la materia se creó repentinamente de la nada? ¿Cómo sucede una cosa asi? Es corriente en muchas culturas responder que Dios creó el universo de la nada. Pero esto no hace más que aplazar la cuestión. Si queremos continuar valientemente con el tema, la pregunta siguiente que debemos formular es evidentemente de dónde viene Dios. Y, si decidimos que esta pregunta no tiene contestación, ¿por qué no nos ahorramos un paso y decidimos que el origen del universo tampoco tiene respuesta? O, si decidimos que Dios siempre ha existido, ¿por qué no nos ahorramos un paso y concluimos diciendo que el universo siempre ha existido?”


Aquello, junto con sus exposiciones sobre la evolución darwiniana le atrajo muchas iras y críticas de los creacionistas -muy numerosos en EE. UU.-, y de otros fundamentalistas religiosos.

Cosmos era algo nunca visto, y no me refiero solamente a nuestro país. Treinta y cinco años atrás no se hacían así los programas de ciencia. Fue novedoso, integral, diferente, movilizador, deslumbrante. Se había rodado en doce países distintos -revelaban los periódicos de entonces- y hasta se habían molestado en contar el número de secuencias con efectos especiales, que sumaban más de 70 por cierto. No en vano figuraba en plantilla Robert Blalack, ganador de un Oscar por La Guerra de las Galaxias. Así pudimos disfrutar de técnicas como el zoom cósmico, que condensaba en cuatro minutos un viaje de cuatro millones de años a la velocidad de la luz.


Años antes de que llegara Sagan, yo veía los programas de otro divulgador español cuyos espacios empecé a seguir cuando todavía mi tele era en blanco y negro. Se llamaba Luís Miravitlles y siempre nos hablaba de los últimos avances científicos en todos los campos. Conseguía ser ameno a pesar de los pocos recursos tecnológicos y económicos de que disponía. Por si tienes curiosidad te dejo el enlace de uno de sus programas; hizo varios a lo largo de los años. Este enlace corresponde a La prehistoria del futuro

Luís Miravitlles durante una grabación de Misterios al Descubierto.


Pero volvamos al objeto de este post, que son los 13 episodios del programa sobre ciencia más famoso de la historia de la televisión. Creo que en su momento lo vieron más de 500 millones de personas en todo el mundo, e indudablemente se ha convertido en material de culto. No soy la única que piensa que esto se debe fundamentalmente, además de la forma y contenido, a su carismático presentador. Cosmos no habría sido lo que fue sin Carl Sagan; sin sus jerséis de cuello alto y sus zapatos de gamuza con suela de goma, sin sus gestos, su forma de mirar a la cámara, de caminar mientras hablaba, sin su pródiga sonrisa, sin la expresividad de sus manos, sin su apasionado y ocurrente discurso lleno de inteligencia, revelaciones y filosofía. La mejor baza era él, y básicamente él. Uno se dejaba llevar por su tono, por sus explicaciones pausadas y su lenguaje poético, mientras desgranaba de forma brillante los misterios del universo y añadía sus propias reflexiones acerca de todo ello. Mirad algunos de los títulos y juzgad si en ellos no hay lírica:

En la orilla del océano cósmico.


La armonía de los mundos.


Blues para un planeta rojo.


El espinazo de la noche.


La persistencia de la memoria.


¿Quién habla en nombre de la Tierra?

Desde el primer momento se nos advierte que:


No nos asusta especular, pero tendremos cuidado al distinguir entre especulación y hechos“. 

No se trata de mera retórica. Sagan era tajante respecto a la verdad, y eso le costó varias trifulcas con el director de la serie, Adrian Malone, quien insistía en aportar “mejoras” que tenían que ver más con la ciencia ficción que con la realidad, pero Sagan se oponía diciendo que eso no era científicamente correcto; y que si no era una representación de la realidad no lo quería en su programa. 

A pesar de los efectos especiales, Cosmos nunca perdió su factura artesanal. A sus guionistas; Steven Soter, Ann Druyan y Carl como guionista principal y presentador, se les ocurrían ideas brillantes justo antes de empezar a grabar, y las incluían. La serie está plagada de explicaciones memorables, copiadas después por otros hasta lo indecible. Como por ejemplo la ya mencionada en la primera parte de este artículo, de la cuarta dimensión, o la de la tarta de manzana, cuya sorprendente conclusión era:


“Si se quiere hacer una tarta de manzana partiendo de cero, hay que inventar, primero, el universo”.

Toma castaña. Y por citar otros ejemplos: darse un paseo en bicicleta por la campiña Toscana para ilustrar la Teoría de la Relatividad, o ir desenrrollando un cilindro de papel interminable a través de salones, patios y aceras para darnos una ligera idea de la extensión del número googol; (google es un derivado incorrecto del nombre de este número). Eligió a una especie de cangrejos que tienen el caparazón como el rostro furibundo de un samurai, para ilustrarnos sobre los procesos de selección artificial, y mezcló en un bote clavos oxidados, agua, carbón, yeso y aire, mientras nos contaba que esos eran los materiales de los que está hecho el cuerpo humano y que todo junto salía por unos 10 dólares.


Podemos estar todo el tiempo que queramos agitando ésto –decía-, pero al final lo único que conseguiremos es una aburrida mezcla de átomos. ¿Qué otra cosa podíamos esperar? La esencia de la vida no son tanto los átomos y las simples moléculas que nos constituyen como la manera de combinarse entre sí“.

Otro aspecto sobresaliente -y caro- de Cosmos eran las dramatizaciones de época para presentarnos a personajes clave de la historia de la astronomía, como la del pionero de la construcción de cohetes espaciales Robert Goddard, o la del matemático, astrónomo y físico Johannes Kepler, tan emotiva, y comprendo el porqué de que sea así. Esta dramatización está en el capítulo 3, La armonía de los mundos, y por sí sola refleja todo el espíritu que guió no sólo la serie, sino la vida de Carl. La he visto cuatro veces y para mí, el presentador de Cosmos encontraba en Kepler resonancias internas que le identificaban con él. Por ejemplo en su interés por mostrar a todos una comprensión legible del universo y de la ciencia en general, pues no en vano Kepler fue el inventor de la ciencia ficción con su novela Somnium, en un intento de abrir las mentes de sus coetáneos a las posibilidades del cosmos. También encontraría Sagan inspiración de su predecesor en aquello de ser fiel a las pruebas, hasta el punto de condenar el trabajo de toda una vida si las pruebas evidenciaban que no estaba en el camino correcto. “Esa es la base de la ciencia” terminaba afirmando en aquel capítulo. Pero quedaban diez episodios más, y en el transcurrir de ellos vimos y comprendimos muchas cosas.

El último episodio es una llamada de atención sobre los errores que estamos cometiendo y que nos pueden llevar a la extinción. La hecatombe universal nuclear era una preocupación muy real entonces, y el nuevo Cosmos estrenado en 2014 se reitera en ella. “Sueño con ello y a veces tengo pesadillas”, admitía Carl, y 35 años después seguimos en las mismas. La amenaza nuclear quizá se ha disipado, pero seguimos quemando combustibles fósiles a un ritmo nunca visto en el planeta. Las señales del efecto invernadero que tanto temía Sagan son cada vez más alarmantes. Pero actuamos como si no fuera con nosotros, como si no nos importase destruir este bello mundo y tuviésemos otro sitio donde ir. Puede que algún día lo tengamos, pero la colonización de otro planeta es algo que ni a ti ni a mí, ni a nuestros hijos o nietos alcanzará. Cuando la humanidad estuviera preparada para eso, y en un hipotético caso de emergencia, todos sabemos quién se quedaría aquí y quién se iría: muy probablemente los mismos que más se enriquecieron envenenando la Tierra, y que boicotearon con su influencia todos los sistemas limpios de producción de energía que se han inventado hasta hoy, sólo porque no les llenaban los bolsillos tan rápido. Y no me estoy eximiendo de responsabilidad medioambiental, como no eximo a nadie en absoluto, salvo quizá, a las tribus indígenas que viven en armonía y respeto con la naturaleza, y esto, no absolutamente todas lo hacen; no vamos a caer en la falacia del buen salvaje, como nos advierte Steven Pinker  en su polémico ensayo La Tabla Rasa.

Carl nos invitó a entrar en la N.A.S.A. con su propia tarjeta de identificación, y nos mostró de su primerísima mano la Viking; nos contó cómo se vivió allí el aterrizaje de la Mariner 4, y la excitación y emoción al ver las primeras fotos de la superficie de Marte. Hay tantos momentos destacables en esta serie, y a pesar de los años transcurridos ha necesitado tan poquísimas actualizaciones, que todo en ella da testimonio de lo bien que fue concebida y de la pulcritud con que fue escrita. Era un guión entusiasta, esperanzado, y también soñador ¿por qué no? Soñador dentro de la fidelidad a los hechos y a las pruebas sobre los hechos: ese fue siempre el sello de Carl Sagan.
Antes de terminar, decir unas palabras sobre el nuevo Cosmos presentado por Neil deGrasse Tyson. En mi opinión permanece fiel al espíritu de la serie original. Tyson es Tyson y no puede ni pretende ser Carl Sagan, pero lo hace bien. Quizá han especulado un poco, en alguna secuencia, pero avisando. A mi me ha gustado. Creo que lo único que habría podido mejorarla habría sido la presencia de Carl, y como eso desgraciadamente ya no es posible, no le pido más. Cosmos 2014 sigue teniendo ese puntillo que la distingue de otros documentales. Por algo será.

Te dejo la serie original completa. Si tienes cierta soltura con el inglés, te recomiendo que la busques sin doblar, está en Youtube. Sagan tenía una forma de hablar muy característica, un acento peculiar (a mí me encanta por lo que transmite), y la disfrutarás el doble. Pero si te pierdes en el inglés como yo, disfruta también con la magnífica voz de José María del Río, que para los españoles está unida a la figura del científico de una forma casi natural.

Finalizo con una anécdota:


Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, y cuando éste se disponía a entregarle una propina, el joven la rehusó. 
-Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo.
Y es que nos trató con un inmenso respeto, porque nos consideraba iguales en la responsabilidad de nuestro destino, y por tanto, con los mismos derechos para conocer sus leyes. La ciencia no es sólo de los científicos, sino de todos; y como él pensaba, cuanto más cerca estemos del conocimiento, menos conseguirán los poderosos hacer y deshacer a su antojo.

Por algo los libros son los primeros en arder en las hogueras de la tiranía, ya sea ésta civil o religiosa. 

Mariaje López.

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