El Faro de Cristal – Mariaje López

 
El ferrocarril transoceánico extendía mar adentro sus raíles, como el tentáculo infinito de un colosal monstruo marino. El deslucido tren, se detuvo en la estación neumática de la única playa de arena de Isla Blanca. Una pasajera descendió del quinto vagón. Alta, pelo castaño oscuro, mediana edad. Propietaria de la isla; un exiguo territorio blanco como la cal que había adoptado como refugio. Siempre llegaba a bordo del mismo viejo tren, cuya estación de origen nunca lograba recordar. Sí recordaba en cambio,  que en todos los viajes el mar había estado en calma, y que jamás se había cruzado con otros pasajeros.
Llevaba puesto un vestido largo ibicenco, y no traía equipaje. En la isla tenía todo lo necesario. Se quedó mirando el humo azulado de la chimenea, mientras la locomotora se alejaba sobre  los carriles flotantes. Pronto desapareció, y como siempre sucedía en ese momento, las vías se sumergían lentamente bajo el agua, sin dejar rastro.
En su mayor parte, la isla carecía de vegetación. Sólo en una elongación de poco más de un kilómetro, había un bosque de palmeras que proporcionaban sombra, además de una cosecha regular de grandes y carnosos dátiles. En esa parte, la costa era de una arena suave y pálida como la harina. En el resto del islote predominaba el suelo calizo, con pequeños cráteres donde se formaban lagunas. El agua transparente de estas pozas, lustraba los tonos verdosos y cárdenos de las algas adheridas a las rocas, y la luz del mediodía, jugaba  en las charcas con los destellos  irisados de los pececillos que, en su nerviosa danza colectiva, arrastraban bancos de pequeñas sombras tras de sí.  
El agua era templada, y a ella le encantaba nadar en las lagunas, o simplemente meterse hasta las rodillas en las de menor tamaño, y sentir en su piel las cosquillas de las diminutas bocas curiosas. La temperatura de la isla, constante, era comparable a la de un joven otoño mediterráneo.
Luego de haberse entretenido a placer en estas distracciones, caminaba sin prisa hasta el centro de la isla. Se sabía completamente a solas, sin ninguna preocupación, sin nada que perturbase la paz de su retiro, ni la quietud de su espíritu.
No tardaba mucho en llegar al que consideraba su verdadero hogar. Lo había mandado construir a capricho. Siempre le habían gustado los faros y las pequeñas islas desiertas. Así fue que, buscando  un refugio para descansar de todo, y habiendo encontrado Isla Blanca, no lo dudó: se quedaría allí y alzaría en el lugar su reducto sagrado. Pensó en un faro, pero no quería un faro como los demás. Tenía que ser tan especial como el significado que le asignaba. Y lo había conseguido.
No podía negarse que la vista que ofrecía El Faro de Cristal era impactante. Sus paredes cónicas truncadas estaban formadas en su totalidad por artísticas vidrieras de cristal emplomado, que recortaban contra el cielo su imponente silueta multicolor. La base de la construcción, asentada sobre la blancura rugosa del terreno, evocaba la forma de un frasco de perfume descomunal navegando graciosamente sobre montañas de espuma.   
Al insólito recinto se entraba por el lado norte; en el lado sur no había puertas ni ventanas visibles. Una pequeña escalera de doce peldaños conducía hasta el umbral de la entrada. Sólo había que empujar un poco el batiente y este se deslizaba suavemente hacia arriba, dejando libre el acceso.  
De inmediato se percibía la calidez del lugar. Era como entrar en un enorme caleidoscopio, en un reino etérico de geometría translúcida, que embriagaba la vista y alegraba el corazón.
El recinto diáfano, estaba intersecado por dos plataformas semicirculares a distinta altura, protegida la parte distal por una artística barandilla de forja. Las plataformas hacían las veces de dormitorio y comedor, respectivamente, y estaban comunicadas con los demás espacios por medio de una escalera, que ascendía en espiral adosada a la pared. El pasamano de esta pieza era otra bella extravagancia decorativa: se prolongaba lateralmente en una pequeña cascada, que discurría  por la pendiente sinuosa entre murmullos de contralto. A este reparador sonido se unía, de vez en cuando, el de los dos grandes carillones que pendían del techo, y que temblaban empujados por ignotas corrientes, dejando escapar entre sus tubos hermosas partituras sin melodía, notas huérfanas y dulces que descendían hasta el suelo de cristal, grueso y azul; un azul que recordaba la vastitud del mar.
El mobiliario era escaso y peculiar. La pieza más bonita, sin duda, era el diván de color turquesa con forma de ola, situado frente a un gran rosetón del muro. A la mujer le gustaba recostarse allí, y soñar despierta largo rato. Se asustó un poco cuando descubrió que en tales ocasiones, el rosetón cambiaba de aspecto: parecía un lienzo en el que además, inexplicablemente, se proyectaban las escenas de sus sueños. Pasada la primera impresión, se sintió fascinada por aquél prodigio.
Frente al diván, apoyado contra la pared translúcida, había otro mueble digno de mención, no tanto por sus formas como por lo que contenía. Se trataba de un secreter sencillo, con tres pequeños cajones, cada uno de los cuales contenía una llave de hierro con una palabra inscrita en la tija: en la primera se leía Acción, en la segunda Amor, y en la tercera, Agradecimiento. Las circunstancias por las que aquellas tres llaves habían llegado a su poder, merecerían un capítulo aparte, pero… esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión. (*1)
En Isla Blanca la soledad era absoluta, pero era una soledad necesaria; y deseada. La sensación de profunda armonía con el entorno era muy poderosa, especialmente en el interior del faro, si bien era cierto que esa paz a veces se veía alterada por incomprensibles cualidades ambientales que actuaban de improviso, como muebles que cambiaban de forma, o en aquellas otras ocasiones en que aparecían manchitas blancas en el suelo azul y éste se encrespaba como el mar picado.

Un día estaba la mujer de pie, justo en el centro del faro, cuando a su derecha y a su izquierda el vidrio se fundió y se abrieron sendas puertas que jamás antes habían estado allí. No podía ver nada a través de ellas, porque una densa niebla se lo impedía.
Pasaron varios minutos antes de que lograra comprender el significado: la puerta de la izquierda era su pasado, y a la derecha se abría su futuro. La equidistancia  entre ambas era el lugar exacto del Ahora.
En ese instante le fue revelada la auténtica esencia, el sentido profundo y absoluto de su amado Faro de Cristal.
Supo que el singular edificio era, en realidad, un templo.

El Templo del Momento Presente.

Puerta de Agua – Mariaje López

No hubo terminado de asimilar esto, cuando ambas aberturas se disolvieron y el muro de cristal se restañó.

 
En otra ocasión, algún tiempo después de aquello, la mujer viajó a la isla a bordo de un barco. En esa ocasión la acompañaban dos amigas deseosas de conocer el fantástico lugar del que ella tanto les había hablado.

Ese mismo día, acordaron practicar una meditación en común. Y justamente durante esa actividad, ocurrió todo. Fue algo totalmente inesperado.

           El Faro de Cristal explotó.
     Saltó por los aires en pedazos diminutos, sin hacer ruido, en medio de un rotundo silencio. Los cristales llovían con lentitud. La mujer abrió los ojos y advirtió que sus amigas ya no estaban allí. Los fragmentos de colores rozaban su piel sin herirla, y acabaron por alfombrar la isla entera con tan singular confeti. Todo resplandecía a su alrededor. Cuando la tormenta cesó, Isla Blanca parecía un cuadro puntillista al que sólo faltaba la firma de Seurat. Ya nunca volvería a ser Isla Blanca. El Templo del Momento Presente la había convertido en la Isla del Arco Iris

Tormenta en la Isla del Arco Iris – Mariaje López

Al principio, pensó que aquello era una catástrofe. Aquél que fuera su querido refugio, el mejor que había tenido jamás, se había volatilizado. La brisa fresca tranquilizó su ánimo. Se dio cuenta de que no se sentía tan mal como cabría esperar. Más aún, lejos de padecer  angustia o pérdida, experimentaba una maravillosa sensación de libertad. Se sentía segura, alegre y confiada.
Se trataba pues, de una nueva enseñanza.
Poco a poco adquirió conciencia de que el faro ya no era necesario. Se había hecho lo bastante fuerte como para no temer a la intemperie. No necesitaba ya una isla desierta  para huir del mundo, ni un faro único y remoto para sentirse a salvo. El refugio había cumplido su función, pero ahora se bastaba a sí misma para avanzar, para abrirse caminos, para vivir sin temor a sus fantasmas, libre para ser la persona que quería ser en adelante, valiente para atreverse ser quien ya era, con todas las consecuencias. 
He de aclararte que este relato está basado en una experiencia propia de Visualización Creativa. Es un tipo de meditación que hace años solía practicar, y que actualmente intento retomar, con otro enfoque, quizá más pragmático. Como ves me lo pasaba bomba; se producían sorpresas y además, aprendía.
El Faro de Cristal lo crearon a medias mi voluntad y mi imaginación, de forma  espontánea. Cualquier profesional, (me acuerdo aquí de Paco Díaz Rod), se sonreirá -y la razón le asiste- a causa de semejante despropósito arquitectónico. Pero como ya debe saber mi apreciado y talentudo amigo, en Visualización Creativa todo es posible. 
Así en efecto, durante una meditación compartida en casa de unas amigas chilenas, me sobrevino esa imagen inesperada del faro –que era a la sazón mi refugio espiritual recurrente- saltando por los aires, y todo lo demás.
Cuando se lo conté a mis amigas, mostraron preocupación, pues ignoraban si aquello me había parecido algo bueno o lo contrario. Les expliqué el proceso, y estuvieron de acuerdo en que había sido el estupendo -y ciertamente aparatoso- broche final de una etapa, y también en que mi creatura había demostrado, a pesar de la aparente estridencia, un gran mimo, al despedirse en silencio y de forma tan asombrosamente bella.
 (*1) Frase reiterada en La Historia Interminable. Un guiño personal a Michael Ende.
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