La primera vez que viajé a Lugo, mi destino era Navia de Suarna. Había
sido invitada por una pareja de buenos amigos, entonces novios y hoy
matrimonio, a una casa de descanso familiar que tienen en la capital de Los Ancares.
También venía con nosotros la hermana de ella, Maria José, que fue quien nos había presentado. Fueron unas vacaciones encantadoras,
por lo que siempre les estaré agradecida.
Yo atravesaba por una época tormentosa a causa de un empleo
desasosegante y una relación sentimental equivocada. Llevaba
meses sin querer escuchar a mi corazón, que me pedía cita con insistencia. La
confusión en que transcurría mi vida era descomunal.

Al llegar a Navia, la sola vista del río, con sus aguas
transparentes y frías deslizándose bajo el Puente medieval da Proba, supuso ya una limpieza desincrustante para mi espíritu maltrecho. Dimos un paseo por las orillas del río Navia, el pueblo, as Veigas… El paisaje, acuoso y bucólico, me invitaba a entrar en intimidad. Una intimidad a la sazón desolada, y necesitada de una buena ingesta de nutrientes anímicos. El aire fresco cargado de aromas
vegetales, una
sabrosa comida en el mirador de la ribera,  el rumor del agua, y la exquisita calidad de la compañía, hicieron el
resto. Me sentí feliz y afortunada.

Por aquél entonces, mi amiga Mariajo había descubierto un
libro delicioso, y no dudó regalármelo. Durante el año siguiente, nuestras
lecturas fueron simultáneas, ya que se trataba de uno de esos libros que dedican
un capítulo a cada día del año. El libro del que hablo se titula: “El encanto de la
vida simple
” de Sarah Ban Breathnacht. Creo que está descatalogado en España, porque hace un par de años quise regalarlo y no encontré un solo ejemplar.
Antonio y Eloísa deseaban mostrarnos la zona, y habían
programado algunas excursiones por los alrededores. En Los Ancares conviene ir
despacio; el efecto contemplativo de tan profusa belleza, puede compararse razonablemente
al síndrome florentino.

Visitamos las payozas de Piornedo, y en Rao nos amenizó el paseo un pastor con muchas ganas de hablar y pocas prisas. Encontramos allí amontonados escombros de pizarra. Sin duda restos de
tejado de alguna casa reciente. Muchas piezas tenían formas bonitas y pensé en
recoger una para decorarla. Dejé mi elección al caprichoso azar, y tiré de una esquina que
sobresalía de una pieza semienterrada. Lo que apareció me dejó boquiabierta.
Era un corazón perfecto. La sorpresa me pareció un saludo del
destino,  un guiño de aquél hermoso y energizante lugar.
Pero lo que finalmente dio sentido al curioso hallazgo tuvo
lugar unas horas después, en la casa de mis amigos. Maria José y yo, nos
dispusimos a leer el texto correspondiente al día 25 de agosto en nuestro libro
gemelo. Tengo que explicar que cada reflexión comienza con una cita célebre. Yo
leía en voz alta una cita de Jennet Jourdemayne (Christopher Fry). Tras
concluir la lectura,  me quedé observando
el corazón de pizarra que, en ese
momento, reposaba sobre la mesa.
La cita decía así:
“Lo que es profundo, como el amor es profundo, lo tendré
profundamente. Lo que es bueno, como el amor es bueno, lo tendré bien”.
Sí, eso era lo que había que escribir en el corazón.
Sentí que aquella cita ya le estaba destinada incluso antes de que yo lo encontrara,
o quizá de que él me saliera al encuentro. ¡Quién sabe!
Probablemente fue casualidad que aquél 25 de agosto, cuando
tocaba leer esa cita, y no un día antes ni un día después, el corazón de
pizarra y yo, nos encontrásemos. Su
negritud y la mía, presentadas en una mañana alegre y esperanzadora. Cuando
volví a Alcalá de Henares, escribí en la pizarra aquellas palabras, y coloqué el fragmento de roca en
un lugar visible.

Pasaron tres o cuatro años. En su transcurso, la pizarra tuvo que enfrentarse a  mi furia destructora. Un día quise borrar sus garabatos a golpe de martillo. Subida a un carrusel de emociones desbordadas y
llena de amargura, lo acusé de haber sido otra mentira más, una burla.
Apenas logré hacer unas pequeñas muescas en la superficie. Era más resistente de lo que imaginaba.
Igual que el  músculo que latía dolorosamente dentro de mi pecho. La roca guarda sus cicatrices, dos manchas blancas en el centro. Su resistencia resultaba evocadora. Me hizo mirar hacia mi propia resistencia, a pesar de los golpes. Aquello me desarmó. Conmovida por las resonancias, volví a colocarlo en su estante, y dejé a mis lágrimas perderse en el cansancio.

Un año después, en primavera, mostré a
Paco el corazón de pizarra, y le pedí que leyese la inscripción. Cuando lo hizo, me adelanté a responder una pregunta que no había sido formulada:  
Esto lo has cumplido tú
Y dije la verdad.
Cinco años después, en Rao.

Mariaje López.