Angelotes

Angelotes

CAPÍTULO I

El conferenciante dio por terminada la presentación.

Ariadna y Luis se marcharon convencidos de dos cosas: La primera, que ella haría el curso; la segunda, que él no. La perspectiva de tener que hablar en público, bailar, y otras cosas por el estilo, no le seducía en absoluto. Por más que ella insistiera, no logró que Luís figurase en la lista de inscritos.

– Sin embargo a ti te va a venir muy bien -vaticinó él.

Ariadna no dijo nada. Posiblemente él estaba en lo cierto, aunque le habría gustado tener como compañero de curso a su pareja. Estaba claro que no iba a ser así. Al menos esperaba que fuera cierto lo que había dicho una ex alumna al compartir sus experiencias.

– Aquí hay un ángel, ya lo comprobaréis, se llama Nino.

CAPÍTULO II

– Hola ,me llaman Nino, soy la persona que te va a entrevistar.

El entrevistador era un joven de rostro afable y voz dulce, con acento italiano.

– Nino…así que tú eres el ángel del que nos hablaron en la presentación. El joven arqueó las cejas y sonrió.

– ¡Ah, ¿eso dijeron?. Son las malas lenguas…

Ariadna se lo imaginó con unas plumas azules y algodonosas asomándole entre los hombros y la rizada melena. Si; le sentaban bien. Nino le recordaba a un angelote de trapo que vio una vez, colgado en la pared de una tienda de regalos, con una regadera de alcachofa en una mano y un rastrillo de jardín en la otra. Era un muñeco encantador. En una etiqueta que colgaba de su ropa podía leerse un nombre: Ángel de Abril.

– Lo primero que quiero aclararte –dijo Nieves- es que esta entrevista no es de selección. El curso lo vais a hacer los que queráis hacerlo. Es sólo para conoceros un poquito mejor. Si no te importa yo voy a tomar algunas notas sobre lo que me vayas diciendo.

¿De acuerdo?

– Por supuesto.

– Bien, para empezar… si te pido que me digas lo que más te gusta de ti, o algo que sabes hacer muy bien… ¿qué me dirías?

– Pues… se me da bien comunicar. Por otra parte…soy leal… y tengo siempre curiosidad por aprender y descubrir.

– ¿Qué haces actualmente?

– Estoy en el paro. Por problemas de salud, he tenido que dejar mi último empleo.

Después de un rato de charla, Nino le pidió que hiciera un resumen de su vida laboral. Ariadna se apoyó en el respaldo del asiento, como buscando un punto de apoyo a sus palabras. Tenía que resumir en pocas frases una vida de trabajo que había comenzado cuando tenía recién cumplidos los nueve años. Ahora estaba a punto de cumplir los cincuenta y cinco.

Empezó en el internado, donde las monjas Oblatas de Carabanchel Alto hacían trabajar a todas sus internas en diversas tareas para la calle, desde empaquetar cromos de futbolistas para promociones de yogur, hasta anudar las gomas de las tarjetas de equipaje que por entonces utilizaba la compañía aérea IBERIA. Cientos y cientos de etiquetas numeradas, que las niñas colocaban en paquetes de cien entre sus rodillas, para deslizar un cordón de goma por un orificio de su extremo. Anudaban después ambos extremos con agilidad mecánica. Las internas más privilegiadas trabajaban en el taller de alfombras, y con esto aprendían un oficio. Cuando Ariadna salió de allí, con trece años, lo primero que hizo su madre, viuda y con otro hijo de cinco, fue buscarle un trabajo. Legal no podía ser, ya que por entonces el límite estaba en los catorce años, pero le encontró un empleo clandestino en una pequeña freiduría de patatas y cortezas. Ariadna se pasaba allí casi todo el día, empaquetando las frituras, hundida en un sofá mugriento y soportando las procacidades verbales de los otros cuatro empleados, que eran hombres de diferentes edades. En ocasiones llegaban a intimidarla.

Cuando cumplió la edad reglamentaria para poder trabajar al descubierto, la contrataron en un taller de marroquinería, donde se hacían bolsos de pieles sintéticas, y carteras de mano para fiestas, con pedrería y emboquillados de níquel y latón. Todo el proceso era manual, y eso a Ariadna le gustaba. Incluso trabajaba muchas horas extraordinarias para que su madre, a quien entregaba el sueldo íntegro, le diera algo más de veinticinco pesetas los domingos; que apenas le llegaban para la sesión continua del cine Coral, la Pepsi-Cola y el autobús. Pasó cuatro años respirando las emanaciones tóxicas del pegamento y los disolventes. La ventilación de la nave dejaba que desear. Una compañera tuvo que dejarlo, sus pulmones no resistían. A los diecinueve años, se casó, y como consecuencia de ello, tuvo que cambiar de ciudad.

No fue aquélla una boda alegre. Se trataba sobre todo, de escapar del vietnam doméstico en el que se había convertido la casa donde vivía con su madre, su hermano pequeño y la madre de su madre, también viuda desde la guerra civil, y más hija de la mismísima Cruella de Vill que de su paridora, que también tenía lo suyo. A su pernicioso cuidado quedaron forzosamente los hermanos, ya que la nueva viuda se pasaba todo el día trabajando, para sacar a todos adelante.

La abuela era una mujer muy fuerte, analfabeta, un ser violento y desestructurado por cuya causa la vida familiar transcurría entre gritos, amenazas, palizas, discusiones, desesperación y una profundísima soledad individual, llena de pozos sin fondo. Poco se atrevía la madre de los niños contra su progenitora, pues siempre le inspiró un miedo cerval, y se dejaba dominar por ella con la insignificante oposición de una queja prolongada sin mayores consecuencias. La paz había huido de la casa y solamente regresó, aunque de puntillas, cuando ya anciana y destilando veneno hasta casi la tumba, la retorcida anciana abandonó el mundo de los vivos, que tanto había perturbado.

En la nueva ciudad, Ariadna trabajó con su marido en un hotel, como camarera de habitación. Nada más llegar a Figueras, es decir, nada más casarse, porque no hubo luna de miel ni nada semejante, se topó con la amarga verdad acerca de la identidad real de su marido: se había casado con un farsante megalómano, de escasos escrúpulos, bastante inmaduro y muy celoso. La había engañado con su palabrería, haciéndose pasar por un hombre distinto del que en realidad era. Se sabía muy lejano del prototipo que Ariadna había diseñado como su compañero ideal. Pero era un resabiado parlanchín, y había logrado engatusar a otras muchas mujeres en su nutrida historia pasional. La inexperiencia y candidez de la novia hicieron el resto del trabajo. La trampa, regularmente actualizada, y amplificado su efecto por el miedo y la inseguridad de ella, duró dieciséis años.

De regreso a Carabanchel, el matrimonio tuvo a su primera y única hija, y Ariadna se dedicó a ella por completo durante los siguientes once años. A esa edad, la criatura ya barruntaba claramente el pelaje rayado de su padre, y por más que la madre trataba de acercarlos, el padre no se daba por aludido. Como consecuencia, la niña optó por revelarse ante sus arbitrariedades, y se volvió respondona, con razón, pero con mala fortuna. Para entonces aquél hombre había acumulado los suficientes fracasos como para que su amor propio y su cabeza hubieran escorado hacia el delirio. Empezaba a dar muestras de una brutalidad creciente y un pensamiento desvencijado e inconexo, que daba miedo, aunque hasta el momento no constaba que se hubiera atrevido a agredir físicamente a nadie de su familia.

Un día, cuando volvía del mercado, Ariadna escuchó voces nada más entrar. Soltó las bolsas que traía en la mano y salvó el recodo del pasillo que le impedía la visión. Lo que alcanzó a presenciar le heló la sangre: Su pequeña estaba acorralada en una esquina, con las manos intentaba protegerse la cabeza mientras el padre, fuera de sí, intentaba morderle la mejilla, o se la mordía efectivamente, que eso, no lo pudo distinguir muy bien. La madre no se lo pensó dos veces; se abalanzó sobre su marido, que completamente desprevenido, se tambaleó con el soberbio empujón. La niña aprovechó ese momento para huir, presa de pánico.

Ariadna se quedó allí de pie, haciéndole frente. Temía su reacción, pero estaba pegada al suelo. Lo único que hizo él fue gritarle y levantar el puño. Ella lo miró desafiante.

– Si empiezas, tendrás que matarme, porque no me voy a quedar quieta. Y añadió:

– Se acabó. Mañana busco un abogado de oficio.

Él bajó lentamente la mano, enrabietado, mirándola con desprecio. “No desprecia quién quiere, sino quién puede” pensó la mujer. En efecto, hacía ya tiempo que había perdido, por su comportamiento, cualquier autoridad sobre ella.

CAPÍTULO III

La cuesta de la supervivencia se volvió más empinada que nunca.

El despechado marido se había declarado insolvente, y por tanto quedó eximido de aportar la pensión alimenticia a su hija. Sólo les había dejado deudas, y ahora ella era la única responsable de sacar adelante a su pequeña. Los empleos precarios se sucedieron, a veces superponiéndose unos a otros. Limpiaba oficinas, cuidaba niños, ayudaba a un juez jubilado que ahora ejercía de abogado, a transcribir las demandas en el ordenador.

Cuando las cosas se estabilizaron un poco, Ariadna quiso cambiar las condiciones de su vida laboral, y se apuntó a un instituto para cursar Estética y Maquillaje. Tendría que asistir durante un año y medio a razón de cuatro horas diarias. Para poder hacerlo necesitó ayuda, y la obtuvo de la Parroquia de su barrio. Un donante habitual de la misma sufragó los gastos del curso. Ariadna nunca supo de quién se trataba. Le aseguraron que no era ninguna persona que ella pudiera conocer. También en Cáritas le daban bolsas de comida, porque mientras estudiaba solamente podía trabajar media jornada, y el sueldo no llegaba para todo.

Gracias a una recomendación del ex-juez, una vez acabado el curso y obtenido el título, pudo trabajar a media jornada en unos estudios de televisión, como ayudante de maquillaje. El sueldo no le daba para mucho, pero al menos el ambiente de trabajo era divertido. Sus compañeros de plató eran ocurrentes e imprevisibles. Hizo buenas amistades, de las que perduran. Aquello del maquillaje no estaba mal, le gustaba bastante, incluso era lo único que le había gustado hacer desde el taller de bolsos, pero distaba mucho de ser lo que llenaba su espíritu.

Pasado un tiempo, un amigo que tenía una academia multidisciplinar le ofreció el puesto de secretaria, y lo tuvo que aceptar porque necesitaba aumentar sus ingresos. Empezó en el nuevo campo con algún temor, pero con ilusión. Más una vez controladas sus tareas, los días empezaron a parecerle tediosos e interminables.

Sentía que la vida se le escapaba tontamente, en cosas por las que sentía escaso interés y que no le producían ninguna satisfacción, ni tenían nada que ver con ella. Por si todo ello fuera poco, a uno de los socios se le antojó que el puesto de secretaria fuera para su mujer, un ser retorcido y escuálido como una gárgola. El avieso matrimonio puso el foco en acosarla, y de tal manera lo hicieron, que Ariadna, cada vez más triste, empezaba a temer por su salud. Llegó con ellos a un acuerdo para poder dejar el empleo, en el que evidentemente, ella salía perdiendo.

Después de eso volvió a buscar trabajo como esteticista. Y pasó por tres grandes cadenas consecutivamente, hasta que en la última de ellas, su salud empezó a protestar con insistencia., hasta que no tuvo más remedio que dejarlo.

Por entonces Ariadna ya había sobrepasado los cincuenta. Se preguntó si de verdad no podría hacer un alto para replantearse lo de su cometido en este mundo. Soñar con cambiar costaba poco. ¿Pero era razonable?

Decidió intentar… no sabía qué, no sabía cómo. Sólo tenía claro el por qué, y sobre todo, el para qué. Lo primero era volver a mirarse en el espejo del corazón, recordar, preguntarse, y por supuesto, tratar de encontrar respuestas.

Uno de los recovecos de esa búsqueda la había conducido hasta el lugar en el que se hallaba en ese momento: una silla en una gran sala vacía, iluminada por la luz que atravesaba los amplios ventanales, delante de un ángel que acababa de pedirle un resumen de su vida.

CAPÍTULO IV

En flashes infinitesimales, Ariadna rescató las imágenes de su memoria. Curiosamente logró resumirlas en siete minutos. Nino le había prestado mucha atención. Su mirada dulce arropaba la emoción contenida en las palabras de Ariadna.

Tomó aire y levantándose de su asiento, le pidió permiso para abrazarla. Ella asintió, y también se puso de pie. Fue un abrazo cálido y sin prisas.

Luego dijo:

– Y si yo te pregunto ahora: ¿Cómo te ves de aquí a un año?

Ariadna tardó un poco en responder:

-¿Y si te digo que no me veo?

Había un punto de tristeza en su voz. El ángel reformuló su pregunta:

– Entonces dime; ¿Cómo te gustaría verte?

Una chispa diamantina prendió en el rostro de Ariadna:

– Haciendo lo que me gusta hacer, o lo que sé hacer en potencia, aunque aún me falte formación, y viviendo de ello dignamente.

– ¿Qué es lo que te gusta?

– Escribir, eso en primer lugar. Y hacer cosas con las manos, de artesanía. Los oficios y las manualidades que tienen que ver con eso. ¿Difícil, verdad?

– ¿Qué obstáculos encuentras?

– Tengo la sensación de que siempre llego tarde. A todo.

– A pesar de todo eso, dices que lo quieres intentar.

– Por eso estoy aquí.

– Mira… mientras me contabas, pensaba una manera de aunar tus dos vocaciones. Por ejemplo podrías añadir un escrito a cada objeto de tu creación, explicando qué te lo ha inspirado, por qué has elegido esos materiales… no sé, como una pequeña historia del objeto, una forma diferente de presentarlo.

– Me parece una idea maravillosa.

Poco después el ángel dio por completada la entrevista. Le pidió a Ariadna que posara para una foto de archivo, y se despidió de ella tan amablemente como la había recibido. Frente a la puerta del ascensor, Ariadna le daba vueltas a aquella idea que le había dejado caer su entrevistador, y recordó nuevamente el angelote de trapo que había visto en la tienda de regalos. Nino había sido para ella como el Ángel de Abril. Pensó divertida que tal vez no había sido casual la actitud que parecía desprenderse de aquél muñeco; como si acabara de regar la plantita que había sembrado y estuviera esperando pacientemente, a verla brotar.

FIN

Mariaje López

 

 

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