La Fuente del Laberinto

La Fuente del Laberinto

“En la cocina era ya casi oscuro. El padre estaba inmóvil. Bastian se puso en pie y encendió la luz. Y entonces vio algo que nunca había visto antes.

Vio lágrimas en los ojos de su padre. Y comprendió que, a pesar de todo, había podido traerle el Agua de la Vida”.

Michael Ende – La Historia Interminable.

Capítulo I

El Palacio de Bademor

Luís III de Bademor era famoso por la sabiduría y justicia con que administraba su pequeño reino. Podía decirse que la inmensa mayoría de los habitantes del país amaban a su rey. Le apodaban El Pacificador, porque había logrado mantener el interior de sus fronteras como un reducto de paz en el centro de un territorio convulsivo. Por contra, en Bademor eran poco frecuentes las disputas, se respiraba un clima tranquilo, y las vidas de sus gentes transcurrían en franca armonía. Esa circunstancia posiblemente era el reflejo de lo que ocurría en Palacio.

Completaban la familia real, la reina Miriam y sus dos hijas, la princesa Marta que todavía era una niña, y la jovencísima princesa Lúa pocos años mayor que su hermana. Los cuatro formaban un grupo muy unido, cuyo amor recíproco era evidente para todos. En los grandes salones de Palacio, era habitual escuchar risas y voces alegres, no sólo pertenecientes a familia real, sino incluso a los obreros, artesanos, sirvientes e invitados de la corte, que parecían absolutamente impregnados del deleite general.

Muchas de las nobles cortesanas que transitaban los salones y pasillos, suspiraban en secreto por el carismático monarca, poseedor de un físico atlético y un rostro agraciado en el que destacaban sus hermosos y nobles ojos verdes.

El soberano era aficionado a los deportes y la naturaleza. Organizaba largas caminatas campo a través, y torneos de Palma; un juego de pelota que se había puesto de moda en todo el continente. Consistía en llevar un balón a un punto determinado del campo contrario, haciéndolo pasar entre dos postes y a veces, había que atravesar con él un aro cubierto de papel. El rey organizaba campeonatos por cualquier motivo, ya fuera por una fiesta patronal o por su aniversario, toda excusa servía. Para formar los equipos se enfrentaba a los casados contra los solteros. A su majestad le satisfacía doblemente ponerse a la altura de los caballeros más imberbes y comprobar que, a pesar de la diferencia de edad, les aventajaba en agilidad y resistencia.

La reina Miriam conocía bien el efecto que su esposo causaba en las demás mujeres, y eso le inquietaba un poco, pero con el tiempo se fue tranquilizando, pues sabía que el rey estaba enamorado de ella hasta la médula. Y tenía motivos para estarlo. La reina era una mujer de carácter, segura de sí misma, compasiva y extremadamente generosa. A pesar de su posición era muy hacendosa y le encantaba meterse en la cocina a disponer personalmente los menús. Con frecuencia se remangaba y se ponía a cocinar los platos ella misma. Cuando lo hacía, su familia siempre lo adivinaba, porque la comida tenía su toque especial. Pero sobre todo era una madre excepcional, que inculcaba en sus hijas los altos principios morales por los que ella misma se guiaba. Les enseñaba a ser fuertes y bondadosas, les decía que debían luchar por sus sueños y por todo aquello que considerasen justo, y que si alguna vez se equivocaban también debían saber ceder y aprender de ello.

La reina estaba muy orgullosa de su familia. Su rostro de piel morena, -rasgo un tanto exótico en Bademor, herencia de sus ancestros- se iluminaba dulcemente al contemplar los juegos de sus hijas; y en la forma de referirse a su esposo se detectaba fácilmente la admiración que sentía por él, más aún por su gran nobleza que por su apostura.

Aquella mañana, cuando Sati la doncella entró en dormitorio de las princesas, Lúa ya estaba despierta y se desperezaba con un largo bostezo. Sati descorrió las pesadas cortinas de color musgo, y el sol penetró a placer en la habitación. Lúa corrió a la ventana, le gustaba sentir la cálida luz en las mejillas para terminar de espabilarse.

Marta sin embargo se acurrucaba entre las sábanas, y Sati tuvo que insistir varias veces para que al menos, asomase la cabeza.

– Si no os apuráis no veréis a vuestro padre en el desayuno. He oído decir a vuestra madre que tiene despachos urgentes que atender hoy.

Los desayunos en familia eran uno de los mejores momentos de día. El rey dormía poco. Se levantaba de madrugada y a solas, trabajaba en su despacho hasta la hora del desayuno. A las princesas no les gustaba perdérselo. Cuando llegaron a la mesa encontraron a sus padres despidiéndose.

– ¡Ah, mis preciosas niñitas, llegáis un poco tarde! -exclamó el monarca-¿qué ha pasado?

– ¡Marta, que no quería levantarse!

La pequeña corrió a los brazos de su padre, y casi le tira la corona del apretón. La hermana mayor y su madre rieron con ganas.

– Hoy no puedo quedarme más tiempo. Asuntos urgentes me reclaman. Mas prometo que antes de cenar habrá partida de cartas.

– Padre, no te dejaré ganar otra vez – advirtió Lúa.

El rey desapareció por el gran arco de medio punto que daba acceso al reducido comedor familiar, y las niñas se quedaron desayunando con su madre.

La reina Miriam se había encargado personalmente de elegir a los maestros de sus hijas. No quería que se convirtieran en unas princesas bobas y consentidas, esperando sólo a que llegara un pretendiente maravilloso a pedir su mano. Deseaba que fueran instruidas para poder desenvolverse en la vida sin tener que depender de un hombre, por muy príncipe, muy apuesto y muy requeteazul que fuera.

En cuanto a esto se sentía satisfecha, pues a las niñas les gustaba aprender y lo hacían casi jugando. Se sentía en deuda con la vida por su familia, a la que adoraba, y por todos los privilegios de los que podía disfrutar debido a su posición. No olvidaba a los pobres, y era creyente devota. A veces se preguntaba si tanta dicha le estaba permitida a un simple ser humano, pues a tenor de las monsergas que escuchaba en la capilla, parecía que el destino de la humanidad era sólo padecer, para merecer de esta forma un sitio en el paraíso.

Ella, con su carácter firme y bondadoso, con su dulzura más de hechos que de gestos, contribuía de forma tangible al equilibrio del reino, pues influía decisivamente en el estado de ánimo del monarca, y eso se reflejaba en su forma de gobernar. De todos es sabido que no se toman las mismas decisiones con el espíritu revuelto que con el corazón satisfecho. Era como si al fin, todo el reino estuviera bajo un influjo benéfico y misterioso. Pero no se trataba de ningún misterio. Únicamente era el poder irreductible del amor el que obraba el milagro. Eso, y un pueblo entero que creía en ese poder. Mucho más que en el poder de la fuerza.

Después de dejar a las princesas en compañía de sus maestros, la reina se dispuso impartir las instrucciones de rigor a los criados y a revisar el protocolo del día. Toda la servidumbre prestaba la mayor atención a las indicaciones de Miriam, y por eso nadie vio la sombra sigilosa que cruzaba por la ventana desde el patio. Se detuvo para inspeccionar el interior de la estancia. Los ojos apagados vislumbraron un perro pequeño que dormitaba bajo la mesa. La mujer, cuya silueta recordaba vagamente el aspecto de las nativas del desierto de Num, experimentó un ligero estremecimiento cuando vio en el lomo del perro la marca de fuego: una pequeña estrella de tres puntas redondeadas. Un brillo incipiente restalló en sus pupilas, y tras unos segundos, la enigmática figura se disolvió en el aire como un espectro. Había encontrado lo que estaba buscando.

Capítulo II

La fuente del laberinto

Los mínim eran una tribu de gitanos del sur. No sólo eran reputados artesanos, además ellos eran los únicos criadores de perros dundis, una raza de pequeñas dimensiones, muy apreciada como mascota por su excepcional inteligencia y su carácter afectuoso. Entre estos animales, de pelaje por lo general cobrizo, nadie sabía muy bien si por artimañas secretas de los gitanos o por casualidad, nacían de vez en cuando ejemplares albinos. Estos habían demostrado poseer otras cualidades únicas, como la de comprender los sentimientos humanos mejor que ninguna otra especie. En ocasiones se había llegado a producir un verdadero intercambio de pensamientos entre un dundi y su dueño; y a nadie extrañaba demasiado, porque en Bademor todos estaban seguros de que los dundis estaban dotados de raciocinio. Se decía que la sangre de estos animales tenía propiedades terapéuticas, y que con unas gotas en tintura podían sanarse muchas dolencias. Corría la leyenda de que los dundis eran muy codiciados por las brujas de Num; y se especulaba con diversas teorías sobre el motivo de esta predilección, aunque la verdadera causa nadie la sabía.

Miriam acudía periódicamente al mercado de los mínim para adquirir hermosas telas -ya que otro de sus entretenimientos favoritos era la costura-, y también compraba perfumes que traían de oriente. Durante una de esas visitas, el patriarca del poblado le había regalado el último dundi que había nacido. Acababan de aplicarle el hierro candente con la marca de los albinos, una estrella del tamaño de un pulgar con tres puntas romas.

La reina, muy contenta con el obsequio, cogió al perrito en brazos, le miró a los ojos y quedó enamorada de su candor para siempre. Al animal, que Miriam bautizó con el nombre de Nieve, le había ocurrido algo semejante. A partir de entonces, era casi imposible ver a la reina sin el cachorro siguiéndola de cerca.

Cada atardecer, la regente consorte acostumbraba a visitar los jardines de palacio, acompañada solamente de su fiel mascota, ya que no sentía ningún temor por su seguridad, y menos aún dentro del recinto palaciego. Era una mujer de costumbres, e indefectiblemente, dedicaba al menos una hora diaria a la lectura, que casi siempre era de novelas románticas. Cuando el tiempo lo permitía, el sitio favorito para tal actividad era el precioso estanque del laberinto, una gran fuente de cascadas que el rey había mandado construir para ella, sabiendo lo mucho que le gustaba descansar junto al arrullo del agua.

En verdad se trataba de un sitio recoleto y acogedor. Casi escondida entre la vegetación, emergía una pequeña plazoleta circular, con un templete que protegía de la lluvia un espectacular suelo de mosaico, donde se recreaba el momento en que Dafne, ninfa de los árboles, huyendo de Apolo, pidió ayuda a su padre Peneo, dios del río, y éste la convirtió en un laurel, ante los ojos de su perseguidor. Apolo, cortó dos de sus ramas, y trenzó una corona con ellas. Desde ese momento, consideró al laurel un árbol sagrado.

Ocupando una de las mitades del círculo, una larga bancada de piedra marmórea servía de orla a la fuente: un gran estanque repleto de nenúfares y múltiples cascadas, que unían su murmullo al placer la contemplación. El estanque con sus fuentes ocupaban la parte posterior del asiento, y completando el perímetro del templete, existían dos espacios diferenciados. Una pared vegetal que sobrepasaba la altura de una persona, cercaba un cuarto del espacio circular; era una entrada al gran laberinto de setos, que daba nombre al estanque y que, por su antigüedad se había hecho muy frondoso. Visto desde la cima de la montaña vecina ofrecía un aspecto impresionante. El cuarto de círculo restante daba paso a un pequeño bosque cedros de varias especies. Los más cercanos a la plazuela eran dos cedros azules del Atlas, apellidados llorones por las faldas de color azul plateado que formaban sus ramas colgantes, y que llegaban a lamer la tierra como la cola de algunos vestidos de la reina.

Miriam dejaba que el dundi se divirtiera yendo de un lado a otro persiguiendo mariposas. Cuando se cansaba de corretear, se recostaba en el banco junto a su dueña, hasta que ella daba por concluida la lectura y reanudaba el paseo, ya de vuelta al palacio.

Aquél día el perro tardaba en regresar. Absorbida en la lectura, la reina no había reparado en que el animal llevaba mucho tiempo sin aparecer. Dejó el libro, sin cerrar, sobre el banco. Llamó varias veces, pero Nieve no daba señales. Se puso de pie y atisbó alrededor. Observó el alto laberinto de setos, evaluando la posibilidad de que Nieve se hubiese extraviado en sus pasillos, pero lo consideró poco probable. Decidió echar un vistazo, por si acaso.

En la misma entrada escuchó ladridos y voces que se acercaban rápidamente.

– ¡Vuelve aquí, maldito bicho!

El perrito venía corriendo visiblemente asustado, perseguido por una anciana que empuñaba un cuchillo. Un pequeño hilo rojo corría por su lomo, entre el pelo blanco. Todo sucedió muy rápido; la reina dejó pasar al animal e interpuso el pie en el camino con la intención de frenar a su perseguidora, que no logró esquivar la trampa y dio contra el suelo de cara, al tiempo que soltaba el arma, quizá para no herirse ella misma durante la aparatosa caída. La reina, mostrando su temple, ni pensó en huir. Recogió del suelo el cuchillo, y se puso en jarras frente a ella. Estaba dispuesta a averiguar quién era aquella mujer y por qué amenazaba así a su querida mascota. No consideró necesario llamar a la guardia por una torpe anciana. Pensó que era una pobre descerebrada que incomprensiblemente había burlado la vigilancia. Ya aclararía eso después.

– ¡Descúbrete! –ordenó la reina.

La vieja no obedeció. En cambio se incorporó sin excesiva dificultad y sacudió sus faldas con parsimonia. Cuando se hubo recompuesto, una sonrisa torcida se dibujó en sus labios finos y descarnados. El velo negro le ocultaba parcialmente el rostro; lo llevaba colocado de tal forma, que aparte de la boca, apenas se le veían los pómulos ajados y parte de la huesuda nariz. Tal vez lo colocaba así para proteger sus ojos de la luz,

– ¿No me oyes? ¿Quién eres, qué pretendes y cómo has llegado hasta aquí?

La anciana entonces se retiró el velo y mostró unos ojos cansados, de un azul muy claro, casi blanco. No había temor en su mirada, sino algo glacial y perverso. La reina sintió un escalofrío y retrocedió. Pudo leer en los ojos sin pupilas, en la mueca fantasmagórica, que el riesgo era inminente. Hizo amago de llamar a la guardia, pero se sintió paralizada por el gesto de la bruja, que le imponía silencio. Comenzó a retroceder lentamente, buscando una salida y siguiendo hipnotizada los movimientos de la vieja, que con idéntica lentitud avanzaba hacia ella saboreando su nueva posición dominante. Trató de afianzar el puñal en su mano, pero sintió el frío metal escapando de sus dedos como si hubiesen tirado de él con una cuerda. Estaba desarmada.

– Por tu culpa ha huido mi presa…-dijo la anciana, con una voz neutra y pausada – ahora deberás pagar por ello -concluyó.

La reina palideció. Ya no había duda de que corría un gran peligro. Recordó de pronto las leyendas que se contaban sobre las brujas de Num, y cómo utilizaban en sus magias la Sangre Venerable. Así era como llamaban al fluido vital de los dundis hermafroditas. Nunca antes había prestado demasiada atención a esos cuentos, y ahora se hallaba ante la evidencia.

Estaba ya junto al estanque, y no había rastro de Nieve. Seguramente había corrido a pedir ayuda. Él ya habría intuido lo desesperado de la situación. ¿Por qué tardaba tanto? Tal vez no había logrado hacerse entender. La herida sangrante debería bastar para alertarles.

Unos grilletes invisibles le sujetaban las piernas, o eso le parecía, su pecho y su garganta habían enmudecido. ¿Qué le impedía llamar a la guardia y pedir auxilio? Una voz en su cabeza, muy parecida a la de la bruja, le decía que todo era inútil, que no podía escapar, que nada podía hacer para librarse de ella.

– No voy a lastimarte en realidad. Voy a salvarte como Peneo hizo con su amada hija –dijo con sarcasmo-. Me ha inspirado la escenita del mosaico… Nunca me cayó bien esa Dafne. Una puritana bastante cretina.

Verás: he pensado que en esta parte del jardín quedaría muy bien un rosal. Miró hacia ambos lados con fingido interés y parsimonia, y agregó:

– No veo ninguno. Pero lo vamos a arreglar enseguida.

Mostró nuevamente la marchita sonrisa con su mueca pérfida. La reina estaba cada vez más asustada, casi no podía respirar y las rodillas se negaban a sostenerla en pie.

Su mente se pobló de pronto de evocadoras imágenes familiares. El pecho le estallaba de amor. Se lo envió a esos tres seres que tanto amaba. Tenía que enviárselo para que les durase hasta que pudieran volver a verse. Porque había una esperanza en su alma que le decía que todo se arreglaría, que habría una manera, y que volverían a reunirse. Sintió que aquello la salvaba del horror. Y una dulzura infinita anidó en sus venas, sumergiéndola en una bruma dorada, en un remolino de luces titilantes increíblemente lento. Escuchaba cada vez más débil el acento impasible y distante que le hablaba:

– Sí… un rosal magnífico. Tu belleza será excepcional, y tu perfume arrebatador. ¡No puedes quejarte!

La bruja se frotó la barbilla granulada y rechinó los dientes:

– Eso puede tener malas consecuencias –prosiguió de forma casi inaudible-. Aquél que se clave una de tus espinas enfermará de tristeza infinita. Y para que veas que soy misericordiosa y no desesperes, te revelaré que hay una manera de deshacer este hechizo -carraspeó un poco y luego prosiguió-. para que recobres tu antigua forma, sólo hay una posibilidad…

Su boca se arqueó con desdén. Miriam ya no divisaba mas que una cortina nívea que la atrapaba en su centro, donde lo único que podía ver eran las pupilas huecas de unos ojos fruncidos. Aguzó el oído tratando de entender, pero sólo oía frases entrecortadas:

– … aunque dudo de que nadie sea tan imbécil, tendrá que suceder por casualidad. ¡Y no creo que suceda!

La vieja guardó silencio con aire despectivo y malhumorado. Una vez concluida la diversión, recordó que se le había escapado su presa, y emitiendo un sonido ronco indescifrable, se disolvió igual que la primera vez. Nada quedó como prueba de lo sucedido. Nada, salvo un hermoso rosal junto al estanque, que mostraba humildemente sus bellísimas flores perfumadas de color púrpura.

Capítulo III

El largo invierno

Para Luís III de Bademor aquél estaba siendo un día redondo. Fuera de despachar los asuntos triviales, había conseguido frenar una iniciativa del gobierno de Samirna, uno de los países vecinos, que amenazaba con romper el delicado equilibrio de toda la zona fronteriza. Quería darse un baño caliente, y descansar un poco, antes de reunirse con las princesas para cumplir con su promesa de jugar una partida de cartas.

Cuando se disponía a introducir el pie en la bañera, su asistente personal le anunció que el perro de su esposa había llegado herido y sin su dueña; circunstancia que, conocedores de sus costumbres, a todos había extrañado. Casi podía adivinarse la hora que marcaba el reloj, cuando ella aparecía en el patio principal, precedida por su peculiar mascota.

Al rey también le pareció anómalo, porque se acercaba el anochecer, y para esas horas, la reina siempre estaba de vuelta para atender a sus hijas y prepararse para la cena; por lo que, un tanto pensativo, quiso salir personalmente en su busca. La paciencia no era su fuerte y prefería eso que esperar a que le trajeran noticias.

Sabía cuál era el lugar preferido de Míriam, por lo que decidió ir hacia allí en primera instancia. Todavía quedaba algo de luz cuando el rey llegó a la fuente de los nenúfares.

Una rápida inspección le bastó para comprobar que su esposa no se encontraba allí. Percibió un aroma muy agradable, que atribuyó a la floración primaveral, y sin detenerse más en la sensación, se acercó hasta el laberinto de setos gritando el nombre de su esposa varias veces. No obtuvo respuesta alguna. Al mirar en derredor nuevamente, vio un bulto sobre la bancada del templete. Se acercó, y tomando el libro abierto que la reina parecía haber olvidado, dedujo que su lectura había sido abandonada repentinamente. Eso acrecentó su preocupación. Volvió a mirar en todas direcciones y cayó en la cuenta de que no había visto antes aquél rosal. Seguramente lo habían plantado por orden de la propia reina. Era espectacular, con unas flores grandes y hermosas del color de las granadas maduras. Aunque lo que más llamaba la atención era su perfume; el mismo que había notado al llegar: un olor que evocaba matices infinitos de sensaciones, sosiego y bienestar. Se le ocurrió coger un ramo para Miriam. Pero antes, tenía que encontrarla, y eso le hizo volver al presente inmediato. ¿Había realmente motivo de alarma?

Cortó tres rosas, que le parecieron suficientes, dado su tamaño. Pero alcanzó a ver una especialmente bonita embutida entre las ramas, y resolvió añadirla al ramillete. Al quebrar el tallo se pinchó con una de sus enormes espinas. De la yema de su dedo anular brotó una pequeña gota de sangre, a la que no prestó mayor atención. Regresó bordeando el bosque de cedros.

Llegó a palacio con la esperanza de que la reina le estuviese esperando ya para cenar, y así ponerle al tanto de lo ocurrido. Trató de serenarse pensando que seguramente se habría entretenido leyendo sin advertir la hora, y al darse cuenta de que la noche se acercaba, habría vuelto deprisa olvidando recoger el libro. Pero… ¿y la herida de Nieve?… había algo que no pintaba bien. Ordenó que una cuadrilla de soldados registrase los jardines reales hasta el último rincón, y que indagaran si alguien había visto a la reina saliendo de Palacio.

Miriam no apareció. Ni aquella noche, ni la siguiente, ni la siguiente, ni la siguiente. El rey, había enviado ya varias partidas de soldados en su busca, sin resultado alguno. Nadie la había visto, ni dentro ni fuera del reino; nadie era capaz de proporcionar una pista sobre su paradero. Se barajaron toda suerte de posibilidades, pero no hubo quién alcanzase a sospechar, ni remotamente, lo que había sucedido.

No hubo en todo Bademor persona a quien sorprendiese la profunda tristeza del monarca. Las princesas estaban muy apenadas y se sentían bastante perdidas. No sabían dónde estaba su madre, y su padre cada día parecía más distante y retraído. Nada había vuelto a ser lo mismo desde que ella faltaba, y la incertidumbre era para todos el más terrible de los suplicios.

Pasaban los meses y no había noticias. La alegría se había esfumado de Palacio y el rey cada vez estaba más ausente, y a veces incluso huraño. Seguía gobernando, porque su sentido del deber estaba grabado en su pecho de forma indeleble; pero lo hacía con pesadumbre, y solía tomar decisiones equivocadas. Pronto la armonía de sus súbditos también se vio afectada, y hasta la climatología parecía acompañar al declive general, pues el invierno se prolongaba y no parecía querer dar paso a la primavera. Poco a poco las sombras se fueron extendiendo sobre Bademor, y el paisaje permanentemente helado, impedía que el ciclo natural de las cosechas fluyera normalmente, y esparciera los nuevos brotes y floraciones. Solamente el rosal del estanque permanecía inmune a las heladas. Seguía floreciendo sin atender al ritmo de las estaciones ni a los rigores del frío. Era como una porción de paraíso desgajado, anclado en un mundo que le era ajeno, y en el que permanecía a pesar de todo, sólo por pura compasión, ofreciendo la única nota de color en un paisaje desolado y neutro.

Un día, renegando de todo y de todos ante el fracaso de las pesquisas, el rey decidió que se encargaría él personalmente de la búsqueda. Si nadie era capaz de encontrar a su esposa, él lo haría. Tenía que hacerlo. Ordenó que se llevaran a cabo todos los preparativos y seleccionó a doce de sus mejores hombres para que le acompañasen en la misión. Al amanecer del día siguiente, todo estaba listo para la marcha.

No volvería sin su reina. Prefería perderse para siempre en los caminos a volver sin ella. Y entonces vio a las princesas.

Las vio esperándole en el patio de armas, para despedirse. Las observó largamente, y pensó en el tiempo que hacía que no las veía de verdad. Las miraba si, pero no las veía. Ahora percibía el temblor de sus cuerpecitos helados, su desconcertada pena, llena de temor y desamparo. Se dio cuenta de cómo Lúa protegía a su hermana menor, habiendo tomado sobre sí la responsabilidad de asumir el papel de madre. Vio cómo sacaba fuerza de su miedo, y cómo, a pesar de sentirse tan vulnerable, mantenía su barbilla elevada con la dignidad que correspondía a una auténtica princesa. Y algo en su interior que todavía quedaba en pie, se derrumbó. Su corazón de padre, conmovido, escuchó el lamento que hablaba en silencio. Y aceptó que su propósito era realmente una huida; de sí mismo, de su dolor. Supo que no debía marcharse, que no podía abandonarlas en la corte; sin sus padres se sentirían absolutamente perdidas, el mundo para ellas se convertiría en una amenaza, en una trampa, en un lugar inhóspito y peligroso. Estaban asustadas por la inminente ausencia de su padre, eso podía adivinarse fácilmente. Comprendió lo mucho que le necesitaban.

El rey descendió de su montura con gravedad, como si una gran parte del dolor del mundo se hubiese acumulado sobre sus anchos hombros, y con un gesto serio y resuelto, ordenó a la comitiva que emprendiese la misión sin su presencia.

Capítulo IV

La revelación de Nieve

La herida de Nieve cicatrizó pronto. Su carácter juguetón, se vio alterado sin embargo, desde el día en que la bruja de Num le privase de su más preciada compañía. Recordaba cómo había logrado deshacerse del lazo. Después salió corriendo aterrorizado, sin pensar en otra cosa que huir del filo que le había herido. Desde la distancia llegó a ver toda la escena del encantamiento. Entró en el palacio exhausto, a causa del miedo y el dolor de la herida, y fue incapaz de transmitir lo que había presenciado. Finalmente cayó en una apatía casi constante, y solía pasarse horas tumbado al pie del rosal. Tanto era así, que cuando las princesas lo echaban en falta estaban seguras de dónde encontrarle. También ellas se extrañaron de la aparición repentina de aquél arbusto. En un primer momento, pensaron que su padre habría mandado trasplantarlo, ya crecido, en memoria de la reina. No lo relacionaron jamás con la misteriosa desaparición.

Parecía que el rey hubiese perdido toda esperanza de volver a ver a la reina, pero en su interior alimentaba la convicción de que algún día todo volvería a su lugar. Había experimentado una mejoría considerable de su enfermedad, la que le había causado la espina de la rosa multiplicando infinitamente su dolor. No quiso deshacerse de las cuatro flores; pidió que le trajesen un jarrón y las dejó allí, sobre su mesa de noche, hasta que se secaron sin perder un ápice de belleza. No dejaba que nadie las tocase. Para él se habían convertido en un símbolo de su esperanza.

Todas las noches las miraba, pensaba en su familia, y recitaba una plegaria que sólo él conocía. Luego se quedaba dormido por unas pocas horas.

En gran medida su sanación había sido posible por el amor y atención de sus hijas. Lúa había madurado de repente, y se convirtió en la protectora de su hermana, y a veces hasta de su padre. Pero cuando nadie podía verla, entonces, se permitía llorar.

En algunas ocasiones, para consolar su ánimo, y el de su hermana, enviaba a buscar al juglar de moda en la corte, Alexandreiv Sanz, y le pedía que cantase para ellas algunos de sus romances más famosos. Le escuchaban sentadas entre cojines, mientras daban cuenta de un platillo de pepinos encurtidos, que le encantaban a Lúa especialmente. Ella no era muy pródiga en caricias, pero su padre y su hermana sabían que siempre estaba cuando la necesitaban. Cuidaba de su familia como lo hiciera antes la reina. Y también, como a su madre, le divertían las historias que su hermana pequeña le contaba. Más bien su forma de contarlas. A pesar de ser una niña todavía, la princesa Marta se daba cuenta del gran esfuerzo de superación que estaba realizando Lúa, sin que ella misma le diese mayor importancia. Así que buscaba la ocasión de contarle sus historias solamente para verla sonreír. Amaba mucho a su hermana mayor, y la gratitud que sentía hacia ella por todos sus cuidados, nunca dejó de acrecentarse. Para ella, Lúa estaba siendo todo a un tiempo: hermana, amiga y madre.

Algo parecido le sucedía con su padre. Le admiraba profundamente por su coraje, su gran corazón, su misericordia. Pero sobre todo, por su forma de quererlas, y a su manera, mimarlas. Le hubiera gustado poder cambiarse por él en su enfermedad, ya que no podía soportar verle sufrir. Comprendía el sacrificio que había hecho quedándose con ellas, en lugar de salir a buscar a su madre, a perderse quizá él mismo por los caminos.

Tampoco había perdido el rey el afecto de sus súbditos, que a pesar de la deficiente gestión del último año, en su mayor parte se habían mostrado comprensivos y esperaban confiados a que su monarca volviera a ser el mismo de siempre. Y Luís III de Bademor, no les defraudó.

La princesa Marta había heredado las costumbres de su madre: acudía con Nieve todas las tardes al estanque del laberinto, y pasaba largo rato leyendo. Un día, observando la postración de Nieve junto al rosal, y preguntándose el porqué de tan caprichosa obsesión, empezó, sin habérselo propuesto, a anudar cabos.

Una idea repentina le sobrevino entonces, pero la descartó enseguida por demasiado fantasiosa. Sin embargo… esa ocurrencia explicaría sobradamente la actitud de Nieve.

No… no era posible. Su ocurrencia era una completa extravagancia.

Se puso de pie y se acercó al perrito muy despacio, como si estuviera midiendo los pasos, casi con miedo. El animal alzó la cabeza, la miró, y despegó las orejas en actitud alerta. Marta se agachó junto a él, de manera que podía mirarle directamente a los ojos. Permaneció así un rato.

Nieve lanzó un aullido lastimero cuando las mejillas de la princesa se llenaron de lágrimas.

-…¡Madre!

Lloró como si fuera la primera y la última vez que lloraba, como si no fuese a poder llorar nunca más. Lloró hasta que no le quedaron más fuerzas y casi no podía abrir los ojos. Y sólo entonces se preguntó qué tenía que hacer. ¿Creería alguien semejante historia?,

¿Y cómo repercutiría esta noticia en el ánimo convaleciente de su padre? Sería mejor no alterarle; después de todo ¿qué pruebas tenía ella de que estaba en lo cierto?

Una cosa estaba clara: tenía que contárselo a alguien, no podía cargar sola con aquella brutal revelación. Y no encontró mejor candidatura que la de su hermana. Independientemente de que Lúa la creyese o no, debería guardar el secreto.

Se lavó la cara en un chorro de la fuente y se secó como pudo en la ancha manga del vestido. Acarició las hojas del arbusto con delicadeza, y le habló larga y amorosamente, como si en verdad hubiese allí alguien escuchándola.

A Lúa le costó mucho aceptar que su hermana estaba hablando en serio. Incluso se enfadó con ella porque no comprendía a qué venía esa burla de mal gusto. Entonces Nieve hizo algo que fue determinante: comenzó a ladrar de forma insistente, irritante, tirando de sus ropas con los dientes. Solamente cuando ella se inclinó, pidiéndole que se tranquilizase, y se cruzaron sus miradas, el perrito se calmó. Lúa notó algo diferente en su expresión. Se fijó en la marca del lomo, y luego pasó sus dedos por la cicatriz del cuello. Volvió a mirar al dundi a la cara:

– Nieve, ¿tú lo viste?

El perro ladró una sola vez. Aquello era un sí rotundo.

Lúa reprimió las ganas de gritar, de llorar, de maldecir. Miró a su hermana con labios temblorosos y la abrazó como pocas veces lo había hecho.

Aquella noche las princesas estuvieron despiertas hasta que la apesadumbrada Sati descorrió las cortinas por la mañana.

Desde ese día, las dos hermanas acudían cada tarde al estanque del laberinto, acompañadas de Nieve. Al llegar y al marcharse se acercaban al rosal y hablaban en voz baja.

A veces el viento estremecía ligeramente las ramas, y entonces el siseo de las hojas parecía traer palabras enredadas:

“Luchad hasta el final cuando sintáis que tenéis razón, pero sed nobles para ceder si os demuestran vuestro error”

Después de eso, volvían a sus aposentos especialmente reconfortadas. Así pasaban los días, y las princesas iban haciéndose mayores junto a su padre, aprendiendo de él que la vida merece la pena vivirse con fuerza y coraje. Haciendo lo posible para que pudiera sentirse orgulloso de ellas, como ellas se sentían orgullosas de él. Querían mostrarle lo más importante que habían aprendido de sus padres: la generosidad. Dar todo el amor que sentían sin pasar nunca factura.

Capítulo V

El reencuentro

El frío parecía haberse instalado definitivamente en Bademor. Habían pasado tres años, y el clima no había experimentado variación alguna. Aunque el calendario aseguraba que los meses proseguían su curso, la vida diaria transcurría en el seno de un invierno imperecedero. Los colores de las estaciones se mantenían en una escala de grises desolados y la luz permanecía velada por nubes perennes. Entre los tonos marchitos, incomprensiblemente seguía manteniendo su extraña luz el terciopelo granate de un rosal solitario, escondido para el mundo en un ángulo recoleto de los jardines de palacio. Un lugar que nadie visitaba, salvo las princesas y el fiel dunti, ya que tan siquiera el rey había querido volver allí desde los nefastos días de inútil búsqueda.

Aquélla tarde el rey se sentía lo bastante animado como para salir a dar un paseo. Los jardines, apagados y fríos, eran apenas un recuerdo vago de su antiguo esplendor; parecían una imagen fija, un lienzo garabateado a carboncillos y sanguinas, sin movimiento, sin música. Aún así, todavía era uno de los mejores lugares por donde se podía pasear en aquéllos extraños y prolongados días de falso invierno.

Deseaba caminar sin prisas y en completa soledad. Casi sin darse cuenta, sus pasos lo guiaron hasta una de las diez entradas del laberinto, algo más alejada y escondida, pero desde la que se podía ver la plazoleta del estanque. Sintió un ligero sobrecogimiento. De lejos vio a las princesas, que parecían charlar, ajenas a su proximidad. ¿Sabrían hasta qué punto las amaba? Sin ellas, no habría tenido fuerzas para superar la tristeza. ¡Quién sabe dónde habría ido a dar con sus huesos! Las princesas habían sido su salvación, su fuerza, su contenido, su razón para existir y para seguir amando. Por encima incluso, de su propio reino, y hasta por encima de sí mismo.

Vislumbró algo que detuvo el hilo de su pensamiento. La suya, no era la única presencia a la que las jovencitas permanecían ajenas. Desde hacía un buen rato, escondida tras los descoloridos cedros del Atlas, espiaba una figura enjuta y sombría. El rey agudizó la vista cuánto le fue posible. Comenzó a moverse, sin ser visto, en dirección al pequeño bosque por el interior del laberinto, que conocía a la perfección, pues lo había diseñado él mismo.

Los labios finos y fruncidos de la maga parecían saborear un triunfo inminente. Esta vez había tenido la precaución de ingerir un brebaje desodorante para que el perro no pudiese detectarla por el olfato. Había logrado situarse a pocos pasos del dundi , el mismo que tres años antes se le había escapado tontamente. ¡Estúpido animal! Por su culpa se estaba quedando sin recursos.

Para empeorarlo todo, había gastado muchas energías en el encantamiento de la reina, sin poder permitírselo, ya que le quedaban pocas reservas. Todo por no saber controlar su mal genio. Había sido juzgada por aquél error, expulsada de la Hermandad por decreto del Gran Consejo de Num, y condenada a inhabilitación y suspenso de asistencia durante mil detestables días con sus execrables noches. Pero ya se había cumplido el tiempo. Sólo necesitaba la sangre de aquel bicho, tan detestable como necesario para renovar sus poderes.

Esta vez no podía cometer ningún error. Con sus ya escasos recursos, y tan debilitados, no se atrevía a emprender ninguna acción mientras las princesas tuvieran alguna oportunidad de contraatacar. Eran jóvenes, eran dos, y parecían fuertes. Sólo necesitaba un momento para hacer la incisión y lamer la sangre. A partir de ese instante ya no tendría nada que temer. Así que estaba esperando a que las princesas estimaran oportuno volver a casa. En ese momento se situarían de espaldas, dejando que Nieve las siguiera. Esa sería su oportunidad. Saltaría sobre el dundi y le hundiría el cuchillo en el cuello antes de que las hermanas pudiesen reaccionar, y para entonces, ella tendría su blancuzca y pastosa lengua empapada en la Sangre Venerable, y no tendría ya nada que temer. Se relamía por anticipado. Tan entregada estaba a su deseo, que ni siquiera se dio cuenta de la presencia del hombre que se aproximaba a ella con sigilo.

Ahora el monarca podía ver mejor a sus hijas, y pudo comprobar qué las distraía. Habían colocado un lienzo de juego sobre la bancada, y arrojaban dados sobre él. Luego desplazaban piedrecitas de colores en la tela. Aunque inmersas en el juego, se encontraban lo suficientemente cerca de Nieve como para que la mermada hechicera se lo pensase tres veces antes de atacar.

Todo llega, tarde o temprano, y el ansiado momento esperado por la bruja también llegó. Las princesas se cansaron del juego y pensaron en regresar, darle de comer a Nieve, y saludar a su padre, al que no habían visto en todo el día. Guardaron las piedrecitas en una bolsa que Marta llevaba atada a la cintura, y Lúa dobló el lienzo, que se puso bajo el brazo. Se acercaron al rosal, como de costumbre y dijeron algo en voz baja. Luís III dedujo que aquél extraño proceder formaría parte de las reglas del juego.

– ¡Vamos Nieve! -dijo Lúa- ¡Seguro que ya tienes hambre!

El perrito se irguió sobre sus dos patas delanteras, y la sombra entre los árboles se rebulló. El rey pudo ver la hoja de plata relumbrando sobre la vestimenta oscura. Como un relámpago le llegó a la memoria el recuerdo de las viejas leyendas: las brujas codiciosas, los dundis, la estrella de tres puntas … comprendió lo que estaba a punto de suceder, si no lo evitaba. El animal y las princesas estaban en peligro.

Sabía que las brujas de Num tenían mucho poder, pero si ésta acechaba a un dundi era porque estaba débil, aunque de eso, claro, no podía estar seguro.

Las princesas acababan de iniciar la marcha, y Nieve se incorporó. En ese momento dos figuras humanas se precipitaron a la par desde el bosque de los cedros. Las princesas, al escuchar el ruido y los gritos se volvieron asustadas; y lo que vieron las dejó atónitas: su padre estaba amenazando a una anciana que a su vez, le amenazaba con un cuchillo.

– ¡Suelta eso, o te las verás conmigo! – gritó, señalando el arma con el dedo.

– ¡Padre!- exclamaron las dos a la vez.

– ¡Corred, es una bruja! – gritó el rey sin apartar la vista de la vieja. Ella le gritó:

– ¡No te entrometas o lo lamentarás!

Le azuzó con el arma, pero el rey no se dejó amedrentar. Ella midió sus fuerzas. Puede que tuviera una oportunidad si lograba confundirle.

– No estarías buscando un dundi si tuvieras tus poderes -espetó el rey.

– ¿Eso crees, eh, que soy una pobre vieja indefensa? –su voz adquirió un fingido tono burlón, que trataba de ocultar la inseguridad– Eso, es porque ignoras la suerte que corrió tu esposa, por desafiarme…

Había dado en el clavo. Observó complacida como la piel del rey palidecía. Ella volvió a mostrar su sonrisa torcida, llena de zanjas como el curso de un río seco. Hubo un silencio hipnótico que parecía eterno.

– ¿No te atreves a preguntar? -retó la maga.

No pudo continuar. Con la velocidad de la lengua de un camaleón, el rey se abalanzó contra ella, retorciéndole la muñeca, lo que la obligó a soltar el arma.

– ¿Qué le has hecho?, -rugió el soberano- ¡Te mataré si no me lo dices, juro que te aplasto la cabeza!

La nigromante, sintiéndose perdida, retrocedió como pudo. Tratando de librarse de la furia del rey, tropezó con tan buena puntería, que fue a caer sobre el rosal. Un gran número de afiladas espinas le rasgaron la piel en tanto que no dejaba de aullar como una alimaña. No eran aullidos de dolor, sino de auténtico terror.

Revivió el día en que, sin saberlo, había marcado su propio destino; se escuchó a sí misma explicándole a su víctima la única manera de revocar el hechizo:

“Para que recobres tu antigua forma, sólo hay una posibilidad: una de las nuestras habrá de clavarse tus espinas…aunque dudo de que nadie sea tan imbécil, tendrá que suceder por casualidad. ¡Y no creo que suceda!

Recordaba claramente la impiedad con la que se había burlado de la reina, sin saber que estaba describiendo su propio final. Lo que no se había molestado en contarle, era lo que le pasaría a su presunta colega tras resultar infectada. Lo consideró innecesario. Pues bien, sucedería lo que ya estaba sucediendo: la bruja recuperaría su juventud y belleza (todas las mujeres de Num eran muy hermosas de jóvenes, luego la maldad las iba afeando interior y exteriormente). Pero después de sufrir las heridas de un rosal púrpura encantado, ya no volvería a envejecer nunca. Nunca por el resto de su vida.

Esto parecía un premio, más que un castigo, y era estupendo para la bruja, claro está. Aunque había una pega: todo el resto de su vida sumaría, aproximadamente, veinte segundos.

Los testigos de aquél fenómeno no daban crédito a lo que acababan de presenciar. Ante sus ojos (congelada, eso si), tenían a una preciosa joven de piel tersa y resplandeciente. La melena rubia y ondulada le llegaba hasta la cintura, y su cuerpo parecía cincelado por el mismo Fidias. Era del todo inconcebible que semejante beldad hubiera surgido de tanta podredumbre. Pero allí estaba aquél carámbano antropomorfo, que ninguno de los cuatro podía dejar de mirar. Hasta que percibieron algo sobre ellos, que les obligó a desviar la atención de ese asunto.

Sin advertir cómo, el paisaje había empezado a transformarse. La nieve se disolvía, las estalactitas de las cascadas comenzaron a fluir, el frío cedía a medida que una brisa cálida ocupaba su lugar. Los árboles se llenaron de hojas, las plantas de flores, donde quiera que miraban veían retirarse el invierno para dejar paso a la más sorprendente y hermosa de las primaveras. Era como si todo hubiera florecido al mismo tiempo con la fuerza incontenible de una explosión colosal.

El dundi comenzó a ladrar. Era un ladrido de contento inconfundible para Marta, que lo conocía bien. Por eso sólo con oírle supo que Nieve había encontrado algo especial. Fue la primera que lo vio; y creyó que estaba soñando.

– Padre… mira…

Luís III de Bademor, se volvió. El rosal púrpura había desaparecido, al igual que la asombrosa estatua helada. Y vio a la reina, de pie. Estaba más bella de lo que la había visto nunca. Lloraba en silencio, y sonreía.

El rey permaneció clavado en el sitio, callado, incapaz de reacción. No entendía nada pero no le importaba. Se dejó caer de rodillas lentamente, y tapándose el rostro con ambas manos, también lloró. Reía y lloraba al mismo tiempo. Creyó que el pecho se le hacía añicos, incapaz de retener en su pequeño espacio tanta dicha.

Las princesas corrieron al regazo de su madre. Las caricias fueron muchas y salpicadas de besos. Se mezclaban con sus risas los cantos de los pájaros, que celebraban el regreso de la primavera. Y Nieve, que no cabía en sí de gozo, no paraba de saltar.

– Ven aquí, pequeño y fiel amigo. ¡Gracias por tu compañía!- le dijo la reina.

Las niñas se apartaron un poco al ver que se acercaba su padre. Él y la reina se abrazaron y besaron largamente. Parecía que quisieran ya vivir así, sin soltarse nunca.

Después se sentaron todos juntos y contemplaron el estanque, que reía en la música de sus fuentes, rebosante de nenúfares; los había de todas las variedades y tonos imaginables: el rosa suave de las mariláceas, el rojo profundo de los escarbuches, el amarillo limón de las hélvolas, el frambuesa de las mailas… y el blanco intenso de las virginalis flotando entre las balsas de hojas orbiculares, como las velas de un santuario.

Allí la reina desgranó el increíble relato de su encantamiento, confesó que nunca le había fallado la esperanza en el reencuentro. Contó que las palabras diarias de sus hijas y la dulce lealtad de su mascota, habían hecho las veces de ungüento milagroso para su pena de aislamiento. Gracias a ellas, había estado al tanto del buen amor de su rey, que había permanecido intacto en su apenado corazón. Supo también, que podía descansar su ánimo, tranquilo de preocupaciones, pues su esposo se cuidaba mucho de que a las princesas, no les faltase nada. Todo lo cual, había redundado en que la prolongada espera hubiera sido mucho más liviana. Aquellas fueron las cosas que habían mantenido viva su savia y el rubor lozano de sus pétalos. Así se habían afianzado sus raíces, aguardando la marcha de los hielos.

Por cierto que, ninguno de ellos se explicaba el repentino cambio del paisaje. No se cansaban de mirar en torno suyo, de observarlo todo, de mirarse los unos a los otros.

¿Qué milagro había producido semejante abundancia? ¿De dónde pudo haber brotado tal belleza? No hallaban palabras para responderse.

Hasta que entraron en su corazón, y vieron el lugar del que manaba la fuente. El nacimiento del río Amor. Una inmensa corriente de fuego, capaz de superar maldades, de romper hechizos, de abrasar en llamas el más crudo invierno.

Y al fin lo comprendieron todo:

Una Nueva Era había dado comienzo. En una Nueva Tierra.

Una tierra donde vivieron libres y felices ( y comieron pizza de perdices) todos juntos; para siempre.

FiN

Mariaje Lopez

 

 

Volver a Mis relatos