Un sol en la arena

Un sol en la arena

CAPITULO I

UN SOL EN LA ARENA

-¡Algún día vendremos aquí con nuestros hijos!

La joven rubia de aspecto norteño que había lanzado esa exclamación dejó escapar unas risas que fueron secundadas por su acompañante, una chica de larga melena oscura que contemplaba divertida el sol rizado que acababan de dibujar en la arena.

Se encontraban en una de las pocas playas doradas de Tenerife Sur, donde las costas de arena negra son características del paisaje. A la playa de la caleta de Adeje había que llegar caminando por un sendero escondido; era muy frecuentada por hippies. Por algún motivo arcano, aquella representación solar se había erigido en un símbolo entrañable de todo lo que habían compartido aquella tarde.

Arundhati estaba acostumbrada a tener que presentarse siempre dos veces por lo menos. Era un esfuerzo escasamente productivo, porque todo el mundo acababa siempre llamándola Dati. Su nombre, de origen hindú, significaba “estrella”. Llegó al mundo dos años después de que lo hiciera Leire; y ahora ambas avanzaban resueltas hacia la treintena, a la búsqueda de nuevas metas, un tanto hastiadas ya de la monotonía superflua que se pegaba a las costuras de la calle, como el humo del tabaco a la ropa e los locales mal ventilados. Echaban de menos un poco de hondura, de puerto, de sentido. Exploraban juntas; y por más retuertas que la vida diera, acababan encontrándose al final del laberinto cogidas del brazo. Entonces salían juntas otra vez a campo abierto, aunque fuera un campo de asfalto y ladrillos, y de abierto tuviera poco.

-¡Estaría bien! –Dijo Arundhati- ¿te imaginas?

-A mí, incluso me gustaría adoptar.

A Dati no le sorprendió. Se trataba de una probabilidad muy en consonancia con un alma abierta y generosa como la de su amiga. Porque Leire tenía el alma así: hermosa y magnánima como su Bahía del Txingudi. Era una chica alta y delgada, pero irradiaba fortaleza, y lucía una melena rubia y ondulada que llamaba la atención. Sus ojos recordaban a la miel y las castañas verdes. Tenía veinte años cuando habló con Dati por primera vez, en el vestíbulo del IES Puerta Bonita.

Algunos años antes había llegado a Madrid, procedente de Irún. Tenía cumplidos los diecisiete. Fue el año del Jueves Negro en que el gobierno de Felipe González anunció la devaluación de la peseta. Los miles de parados pateaban las calles en busca de trabajo, con el cupo de frustración cada vez más alto y la barbilla apuntando más abajo. No faltaban nostálgicos –nunca faltan- del esperpento franquista que invocaban tiempos pasados y mejores. Pero ella llegaba a la metrópoli central con ilusión, a pesar de todo, y bien surtida de coraje. Porque estaba segura, ya por aquél entonces, que al temor había que sujetarle por el brazo y obligarle a caminar dos pasos por delante.

Su decisión estaba tomada. Tendría que dejar cosas atrás, pero haría lo que hiciese falta para cumplir sus sueños. Dejó lejos familia, amigos, paisajes. Los paseos románticos al amor de la bahía, que tanto le gustaban, y su casa de la infancia, que siempre forma parte de nuestra imaginería adulta.

Por su parte, Dati había elegido estudiar lo mismo y en el mismo sitio; el encuentro estaba servido.

Septiembre avanzaba pesado, con la parsimonia de quien se resiste a abandonar la hamaca tras una larga siesta. Dati contaba entonces los dieciocho, y su pelo largo y oscuro enmarcaba un rostro bronceado de facciones exóticas, legado evidente de su madre india.

Nada más entrar en el hall del instituto Puerta Bonita, Arundhati se acercó a una pareja de chicas que conversaban animadamente. Una se presentó como Lourdes, y la segunda era la mismísima Leire, que ya desde ese primer momento le pareció bastante simpática y cercana. El tiempo corroboraría que se podía fiar de su intuición.

Las clases comenzaron, cursaron con sus altibajos, engrosando como siempre, el anecdotario del Centro con nuevos capítulos. Y llegaron a su fin. En el transcurso Leire y Dati fueron buenas compañeras. Pero su verdadera amistad, no empezaría a fraguarse hasta casi un año después de haber terminado en el Instituto de Secundaria.

Un día que Dati iba andando por un pasillo de la línea 4 del metro de Argüelles, vislumbró a Leire caminando en dirección contraria. Fue una grata sorpresa para ambas. A partir de ese reencuentro comenzaron a verse con más frecuencia, y poco a poco, con retales y puntillas, fueron hilvanando su amistad como si de una gran colcha de patchwork se tratara.

Los días iban apoyándose unos en otros, dejando a un lado todo lo que no importaba, permitiendo que las cosas y las personas llegaran y se fueran; a veces, dejando marcas, a veces sin dejar rastro; a menudo imprevisibles, siempre alterando el cauce de la historia.

Hubo personas que ayudaban a volar; otras que se iban sin que la victoria les hubiera nacido en los omóplatos.

Uno de esos días, Dati cruzó el mar; y se instaló en Tenerife. Se despidió de Leire con pena, pero convencida de que el cariño que les unía ya había alcanzado su mayoría de edad, y robusto como estaba, ganaría el pulso a la distancia. Una vez más su intuición se confirmó como certera. El teléfono se convirtió entonces en el vehículo de su alianza; en una imagen especular que reflejaba cariño y empatía.

Ilustracion: Marta Virseda

Ilustracion: Marta Virseda

CAPITULO II

UNA PLAYA EN EL SUR

Dati empujó hacia arriba, con el dedo índice, las gafas que le resbalaban por la nariz, perlada de sudor. En los cristales ahumados, vertiginosas olas en miniatura se mezclaban con personas y trocitos de cielo. Las amigas conversaban plácidamente reclinadas sobre sus toallas. Se sentían ya mayores, y jugaban a tejer su destino con la imaginación, proyectando en esa urdimbre la trama de sus ilusiones.

Leire se veía con hijos y una pareja estable, y viajando mucho. Le encantaba viajar, y por entonces hablaba de Canadá como de la tierra prometida. Dati se imaginaba sola en los años inmediatos, pero eso no significaba que rechazara la idea de formar una familia; sencillamente no se lo planteaba en aquellos días, aunque le gustaba pensar que encontraría a su compañero ideal. Así entre sueño y sueño iban arreglando el mundo, o al menos, el suyo propio. Dati participaba del entusiasmo que transmitía su amiga cuando describía cómo sería su vida entre los canadienses. A veces se miraba en ella como en un espejo. Leire tenía una gran ventaja con respecto a los espejos normales. Su azogue siempre devolvía un reflejo cálido y vivo, por muy artificial que fuera la luz circundante.

Continuaron charlando embelesadas un buen rato, mientras la luz del mediodía iba repartiendo sus matices por doquier. Se contaron muchas cosas. Aunque no habría hecho falta más que una mirada para ponerse al día. Leire le confesó a su amiga que su fortaleza y determinación le habían inspirado muchas veces, y Dati argumentó que en realidad Leire era más fuerte de lo que a veces ella misma creía ser, además de una luchadora nata. Repasaron las anécdotas comunes, estrenaron chascarrillos, vistieron sueños, ahuyentaron espantajos; y pintaron esperanzas de todos los colores, al tiempo que sobre la arena trazaban con sus dedos caminos diminutos que irradiaban serpeando desde un círculo estelar.

Un par de jóvenes paseantes de la orilla cruzaban frente a ellas, cogidos de la mano. Las amigas intercambiaron una mirada cómplice de esperanzado futuro. Dati esbozó una sonrisa que no alcanzó a definirse.

-Nuestros maravillosos hombres están en camino –vaticinó Leire.

Dati se puso a dibujar otro rayo ondulado en un huequecito que se abría aún entre todos los demás.

-Tengo ganas de encontrar un hombre que pueda ser mi compañero. Que sea capaz de aportar lo mismo que yo estoy dispuesta a dar, que no sea cobarde…

Leire escuchaba con un asomo de nostalgia. Dirigió un guiño pícaro a su amiga y exclamó:

-¡Algún día vendremos aquí con nuestros hijos!

-¡Estaría bien! –dijo Dati- ¿te imaginas?

Hubo un pequeño silencio. Los paseantes volvían de regreso, también callados, más aún, embelesados, sin dejar de mirarse ni soltarse de la mano. Dati suspiró, elevando los hombros.

-¿Nos damos un chapuzón? –propuso.

Dejaron solas las toallas y salieron corriendo juntas, como tantas otras veces, hacia el azul infinito.

Ilustracion: Marta Virseda

Ilustracion: Marta Virseda

CAPITULO III

DE VUELTA

Arundhati había regresado a Madrid. Ahora tenía un empleo como productora de televisión en un programa de mucha audiencia de la primera cadena nacional.

Conoció un hombre que le hizo creer que la promesa esbozada en la arena tinerfeña se había cumplido. Invirtió tiempo, dinero y todo su corazón en el empeño de darle forma a esa esperanza. Leire por su parte había estado trabajando en postproducción de cine, y acababa de cambiar el tercio a postproducción de publicidad. Mantenía una relación estable con un hombre que demostró ser maravilloso, y que parecía interesado en aquello de averiguar en qué consiste la tarea de amar en serio.

Dati sin embargo, tuvo que hacer frente a una ruptura. De aquello le quedó el aprendizaje duro y lento, valioso como una hierba amarga que cura sin dulzura pero con limpieza; y un deseo de creciente de continuar la marcha del camino en solitario, por un tiempo indefinido que no sabía precisar. Quizá hasta que pudiera recuperar aquello de sí misma que creía haber ido descuidando en el último tramo del sendero. No le faltó nunca el apoyo de sus amigos. No le faltó Leire tampoco. Ahí estaba, siempre protectora, abanderando una promesa de futuro que seguía vigente, sembrando bonanza y alegría en las horas desiertas.

Tuvo razón la vasca en su retahíla. Dati abrió un día la ventana y se encontró el rostro de Marcos, que la había soñado largamente. Pero ella, todavía confusa, le dijo que necesitaba estar sola. A él se le cayeron entonces los palos del sombrajo, creyó que la perdía para siempre. Pero duró poco su tristeza, porque a ella sólo le hizo falta honrar sus dudas para disiparlas. A veces hay que darle al alma lo que pide, para que nos despierte. Supo en aquél mismo día que amaba a Marcos, y haciendo gala de su determinación, deshizo el camino hasta su puerta; y el noble enamorado se la abrió.

CAPITULO IV

LA ESPERA

Pedro y Leire lo habían decidido. Tras constatar que de momento, no podrían ser padres por la vía común, la antigua idea de Leire de adoptar cobró aún más sentido; y con Pedro de acuerdo, no se tardó en materializar la idea.

Hicieron voluntariado en África colaborando en el cuidado de niños huérfanos, abandonados, rechazados; algunos enfermos. Tras meses de papeleos, certificados, pruebas y todo tipo de gestiones y trámites, incluido el de sus nupcias, obtuvieron el visto bueno para la adopción de un niño keniata de necesidades especiales. Había pasado más de un año desde que ECAI les había incluido en su lista de espera y ahora ocupaban el primer lugar. Vivían pendientes del teléfono. Cuando no se complicaba una cosa se posponía otra. Cualquiera que haya pasado por una adopción sabe que junto con la alegría y la ilusión, es casi inevitable sentirse abatido en algún momento por la ansiedad, la incertidumbre, y hasta, a veces, llegar a experimentar conatos de desesperanza. Es un proceso duro, en el que la falta de certezas impera, en un campo tan vulnerable como es el amor de unos padres que esperan, sin saber cuándo podrán al fin abrazar a su hijo, tan desconocido y no obstante, tan amado.

En ocasiones Leire tenía que echar mano de todas sus fuerzas para no ceder al desaliento, para repartir ánimos con Pedro, que a veces se venía abajo, y pasado el trago sonreía, imaginando un pequeño rostro del color del chocolate y unos ojos negros y redonditos que le sonreían muy cerca, desde sus propios brazos.

Como una marcha de procesionarias estrictamente ordenadas, pasaban los días cadenciosamente. África era un lugar asiduo del mapa onírico, y Leire sabía que diciembre no se movería del sitio, aunque ella juraría que por las noches, alguna sorginak* impía emborronaba las hojas del calendario con el propósito de eternizar los días.

Aquella mañana sin embargo, estaba resultando ágil y obsequiosa. Se sentía animada y feliz. Había aprovechado la circunstancia de que Pedro estaba de viaje para invitar a su querida amiga Dati a un “almuerzo de chicas”. Puso agua a hervir en un cazo, y depositó una bolsita de infusión de rooibos en una jarrita de loza. Escuchó el “clac” de la tostadora y alcanzó a ver cómo se asomaban las rebanadas de pan de espelta. Con cuidado para no quemarse, colocó las tostas en un plato y extendió sobre ellas mantequilla y mermelada roja. Luego vertió el agua caliente en la taza y colocó todo en una bandeja.

Al salir de la cocina miró de pasada el calendario que colgaba de la puerta. “Esta noche las brujas anduvieron torpes”. Dejó sobre la mesa de la terraza la bandeja con el desayuno y miró a lo lejos; las azoteas colindantes relumbraban, y un par de nubes rebeldes proyectaban sombra en algún lugar que no alcanzaba a ver. Una mujer de mediana edad, con un vientre prominente, cruzó la calle tirando de un carrito de la compra. Leire notó como le afloraba una inmensa ola de ternura, y dejó escapar un suspiro. Sorbió un poco de rooibos, que todavía quemaba en la lengua. Se le antojó entonces escuchar algo de música.

Ilustracion: Marta Virseda

Ilustracion: Marta Virseda

Dati se desperezó en la cama. Consultó la hora y comprobó que se le había hecho algo tarde. Antes de ir a casa de Leire tenía que pasarse a recoger el regalo que había encargado para ella. Se trataba de algo especial: un regalo que le apetecía mucho hacerle, y para el cual había tenido que implicarse personalmente; su aportación de hecho, había sido esencial. Lo había elegido como un vehículo de expresión para todas esas cosas que se suelen dar por sabidas y por ello raras veces se manifiestan expresamente. También como una forma de reiterar su apoyo incondicional, de recordar que estaba a su lado para lo bueno y para lo menos bueno. En las horas altas y en las bajas. Quería que Leire tuviera muy claro todo eso. Que podía contar con ella para cualquier cosa. Estaba dispuesta a ser una tata en toda regla, a mancharse de barro si hacía falta para jugar con el niño en el parque, para llevarle al cine o de paseo. Quería de algún modo compensar a su amiga, al menos en parte, del hecho de no poder tener a su familia cerca durante esos primeros momentos que son, a la vez, tan hermosos y tan complicados para una madre primeriza. Se decía mentalmente, como si estuviera hablando con Leire cara a cara, que estaba y estaría a su lado, y que no dudara en contar con ella.

Leire llevó de nuevo la bandeja a la cocina, y puso los cacharros en el fregadero. Empezaba a apretar el calor y volvió para bajar el toldo. Aumentó el volumen de la música con intención de oírla desde la cocina. A ritmo de bossa-nova, abrió la puerta del frigorífico y eligiendo los alimentos necesarios para elaborar el menú, los dispuso sobre la encimera canturreando en voz baja. Seguro que la comida les sabría a gloria, pero lo mejor de todo, sin duda, sería la dilatada y amena sobremesa celebrando su amistad.

Arundhati ya llevaba consigo su regalo cuando salió por la boca del gran escarabajo. El calor del mediodía no era obstáculo para que la Puerta del Sol estuviera tan repleta de gente como acostumbraba. Se detuvo en el semáforo para cruzar en dirección a Carretas, mirando de pasada el célebre reloj que presidía la plaza. Recordaba aquella vez que había subido a la torre para hacer un reportaje. Entretanto el semáforo ya se había puesto en verde, y con paso decidido abandonó el kilómetro cero.

Leire abrió la puerta de su casa y pudo contemplar a la mujer que le sonreía desde el otro lado. El pelo suelto y brillante le caía sobre los hombros, y una fina raya de köll negro le bordeaba los párpados acentuando su aspecto de nativa india, tanto que un sari no habría parecido ajeno a su indumentaria. En aquella ocasión vestía con camiseta negra y vaqueros. Las dos amigas se abrazaron, alegres de volver a verse.

-No te lo vas a creer –dijo Leire-, pero he tenido la sensación de haber estado conversando contigo toda la mañana.

-¡Qué fuerte!, ¡A mí me ha pasado algo parecido! –respondió Dati.

-Si, amiga, ¡qué fuerte! – concluyó Leire con un guiño.

Arundhati le tendió a su amiga la bolsa que llevaba en la mano.

-¿Y eso? –preguntó ella.

-Te he traído un regalo.

En la voz de Dati y en su sonrisa, Leire percibió el tono inequívoco de un cariño auténtico y perdurable. Sabía, sentía muy adentro, que tenía una amiga formidable con la que podría contar siempre.

Ilustracion: Marta Virseda

Ilustracion: Marta Virseda

FIN

Mariaje López

Nota: *Sorginak: Bruja de la mitología vasca.

 

 

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