Desde el cielo, una joven estrella observaba intrigada el pequeño planeta azul. Lo veía girar como a los otros, siguiendo su órbita regular. Había algo, no obstante, que lo hacía diferente a los demás: la ingente cantidad de seres diminutos, que lo recorrían sin descanso.

Con el tiempo, su curiosidad fue en aumento, y llegó a ser tan grande, que una noche le rogó al Creador que le permitiese hacer una visita a la Tierra. No le sorprendió al Eterno la predilección de la estrella por aquél punto insignificante del infinito, ya que él mismo sentía especial debilidad por él.

Benevolente, consintió. Dio a la estrella forma de mujer, y le asignó unos padres humanos. Luego le dijo: ‘Tendrás una existencia mortal, pero llegada ésta a su término, volverás a ocupar tu lugar en el universo.

La estrella dio un salto de alegría, y antes de que pudiera darse cuenta, estaba abriendo los ojos en el nuevo mundo, por primera vez. Sus padres la bautizaron con el nombre de Lorena.

Y supo al fin lo que suponía vivir en la Tierra, como una criatura humana, de aquéllas a las que había observado tantas veces desde arriba. Creció, jugó, fue a la escuela, aprendió y experimentó, sintió el dolor y la dicha, tuvo grandes sueños, trabajó por ellos, se enamoró, y supo lo que significaba la amistad. Le pareció algo tan maravilloso, que empezó a inquietarse, pensando que ya no podría volver a ser igual de feliz que antes, en su cielo inmenso y solitario. Las estrellas viven muy lejos las unas de las otras. Dejar atrás todo cuanto amaba, le resultaba una idea insoportable. Así pues, un buen día decidió hablar nuevamente con el Creador. Le preguntó si podría dejar que al menos, algunas personas la acompañasen en su regreso.

El Creador entendía muy bien la tristeza de su criatura. Tal vez por eso accedió a cumplir su deseo. Estableció sin embargo, un requisito. Dijo:

‘Al convertirte en mujer, guardé en la palma de mi mano dos pequeñas chispas de tu fuego estelar. Acércate y compruébalo tú misma’.

El Eterno abrió su mano derecha y le mostró dos esferas rojas del tamaño de un guisante, engarzadas a la manera de pendientes, en un hilo de luz plateado. Y añadió:

“Aquéllos a quiénes toques con estas joyas, sentirán el calor de tu fuego en el corazón. Si lo aceptan, y prenden en sí la llama de la pasión, haciendo todo lo posible por mantenerla viva, se convertirán en estrellas como tú. Serán astros con alma y forma humanas”.

Más cuando se cumplan sus días en la Tierra, irán a ocupar su lugar en el firmamento, cercanas las unas a las otras, y muy cerca también de ti.

Lorena se sintió muy afortunada y dio las gracias su Creador. Conocía su magnanimidad, y su esperanza no había sido defraudada. Desde entonces, camina por el mundo repartiendo chispas de pasión, y sueña con llenar el cielo de estrellas amigas, tan hermosas y resplandecientes como ella.

Para Lorena Lichardi, con mucho cariño y gratitud de Mariaje López.

Tu escritora personal

 

 

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