Lo ignoraba todo acerca de sí mismo. No recordaba su edad, ni su nombre, ni por qué se veía obligado a permanecer siempre en la misma postura, de pie y sin poder mover un solo músculo, con la garganta paralizada y los ojos abiertos de par en par. Recordaba, sin embargo, haber pasado así toda la noche en aquél callejón mugriento, y que durante el día los transeúntes se habían mostrado indiferentes a su sufrimiento, y eso a pesar de que muchos le habían mirado a la cara mientras pasaban de largo, como si no hubieran visto en sus ojos la impotencia, el miedo y la desesperación. ¡Estaba tan claro que necesitaba ayuda!

Aquél era un día de invierno inusualmente cálido, y sudaba copiosamente a pesar de que tenía el frío metido en el cuerpo. La nieve cuajada la noche anterior ya estaba casi derretida hacia la mitad del día, y el sudor le encharcaba los ojos hasta el punto de parecer que lloraba desconsoladamente. Fue entonces cuando sufrió un desvanecimiento. Al volver en sí, veía el mundo desde el suelo, como si fuera una hormiga. En su horizonte, creyó reconocer dos figuras que le resultaban vagamente familiares. Eran unos niños que se acercaban hacia él corriendo. Antes de desmayarse por última vez, pudo escuchar lo que se decían:

– ¡Ya te lo advertí, cabezota! No era un buen sitio para un muñeco de nieve.

Mariaje López

 

 

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