Había una vez un hada de piel blanca y ojos castaños, que gozaba de muy buen humor. Adela, que así se llamaba el hada, no tenía varita mágica, ni falta que le hacía. Ella movía las manos y aparecían regalos en tropel: burbujas de la risa, caramelos de ternura, lazos de cariño, zapatos de baile, gafas violeta para mirar por dentro, bombones de tres chocolates, frasquitos con aroma de vainilla y vino blanco, y hasta pequeñas gemas de amatista, que puestas bajo la almohada, proporcionan sueños intuitivos y reconfortantes.

Pero había un par de cosas que al hada no le hacían gracia: cocinar y quedarse sola en casa. Claro que por eso no tenía que preocuparse, porque había a su alrededor mucha gente que la quería, Y no porque fuera un hada e hiciese conjuros mágicos. La querían simplemente por ser como ella era. Y colorín colorado…
 

 

Volver a Mis relatos