CAPÍTULO 1

LA ESCUELA DEL ARRECIFE

Bellavista era el arrecife de coral donde, entre otros muchos habitantes marinos, vivía la sirena Magdalena. Tenía nueve años, y una cola muy bonita del color de las fresas maduras, con escamas irisadas que desprendían reflejos de oro y plata. Era una sirena muy aplicada, y no había faltado a clase ni un sólo día desde que empezó en la escuela de primaria. Peinaba su larga melena oscura con dos gruesas trenzas, y cuando sonreía, que era a menudo, en sus mejillas pecosas aparecían dos hoyuelos que le daban un aspecto muy simpático. Magdalena era bastante miope, y por ese motivo tenía que usar gafas. Eso no le gustaba, pese a que eran unas bonitas gafas de coral rojo que le sentaban muy bien.

El oculista del arrecife, el doctor Calamar, le había prometido que si hacía regularmente los ejercicios que le había enseñado, y usaba las gafas adecuadamente, su miopía podría llegar a corregirse. Pero de momento, Magdalena no veía tres en un caballito de mar, que es como decir en tierra que ”no veía tres en un burro”. Poseía en cambio, un oído extraordinario. A ello había contribuido el hecho de haber sido criada por los delfines; porque desgraciadamente, Magdalena se había quedado huérfana a los pocos meses de nacer. Ya se sabe que los cetáceos pueden comunicarse a grandes distancias, gracias a su percepción del sonido, y la delfina Josefina, mamá adoptiva de Magdalena, le había enseñado a entrenar la escucha.

La maestra de la escuela, la señorita Carey, era una tortuga de la tercera edad, bonachona y romántica. Había vivido toda su vida en el arrecife, sin habérsele conocido nunca un novio formal, por lo que permanecía soltera. Seguramente su tortugo ideal era tan ideal, que ninguno de carne y caparazón había dado la talla de lo que ella esperaba. Hacía tanto tiempo que la señorita Carey era maestra de escuela, que ya nadie, ni ella misma, recordaba sus inicios. Vivía en su propio mundo sin prestarle demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. A veces incluso se quedaba dormida dando clase, sobre la mesa. La cabeza se le deslizaba dentro del caparazón por unos segundos; se escuchaban un par de ronquidos y en mitad del tercero, reaparecía de súbito reanudando la explicación como si nada. Soñaba con jubilarse pronto e irse a vivir al Caribe, donde tenía algunos parientes lejanos.

En clase, la pequeña sirena no era de las primeras; y eso a pesar de lo mucho que estudiaba. La pizarra le quedaba lejos, y por más que apretaba las gafas contra su nariz, no conseguía distinguir claramente los ejemplos que la señorita Carey les mostraba en ella. Había intentado sentarse en las primeras filas, pero siempre se lo habían impedido los hermanos Lamparosa, apodados Cara Caballo, miembros los dos de la pandilla gamberra de la escuela. Además de ellos, el grupo lo componían su líder, el lenguado Deslenguado, un pez vago, presumido y fanfarrón, que disimulaba así su cobardía. Sobre todo cuando no tenía cerca a su guardaespaldas, el atún Tun-Tún. El atún no era mal tipo, pero se dejaba llevar por el astuto lenguado, que tenía mucho palique, y le había convencido de que él era su mejor amigo y que debía estarle agradecido por ello. Los hermanos Cara Caballo se llamaban Alcor y Noque, respectivamente, y hacían honor a la suma de sus nombres. Acostumbraban a repartirse todo lo que hacían, y no sólo eso, también lo que decían, y hasta lo que sentían. Por ejemplo, se ponían enfermos a la vez, y si a uno le dolía la cabeza, el otro se tomaba la medicina. O si uno tenía hambre el otro se zampaba un camarón. Sed no tenían nunca, porque es muy difícil que los peces tengan de eso. Y cuando la sirena Magdalena se disponía a ocupar un pupitre vacío de las primeras filas, se le pegaban a los cristales de las gafas, y ella solo podía ver su bocas plateadas abriéndose y cerrándose:

-Ni lo – decía Alcor.
-sueñes– terminaba Noque.

Así que Magdalena, con aquellos indeseables compañeros de clase, y una profesora roncando dentro de su propio caparazón, suspiraba resignada y se volvía a los pupitres del fondo de la clase. No le gustaban nada las peleas. Prefería esperar la ocasión propicia sin tener que recurrir la violencia. Además en ese terreno, llevaba las de perder, porque el atún era muy grande para ella. Las sirenas de su especie son de escaso tamaño, por eso los buzos nunca las ven. Las confunden con otros peces de los corales. Llegan a medir como mucho dos palmos en su edad adulta, y como ella era una niña, medía solamente uno.

La sirena Magdalena tenía dos buenos amigos: la caracola Lola, y el erizo Fizo, a quien Deslenguado tenía cierto respeto, a pesar de lo pequeñito que era, porque una vez le saltó a los ojos y casi le deja tuerto. Fizo se atrancaba en las erres al hablar, pero no toleraba que nadie le hiciera burla, así que tuvo que darle un escarmiento al relamido, como llamaba al lenguado despectivamente. La caracola Lola era repetidora de curso, desconfiada y parlanchina. Cuando empezaba con sus peroratas, no encontraba la forma de acabar, y los demás tenían dos opciones: interrumpirla o taparse los oídos. Hasta los hermanos Cara Caballo la dejaban por imposible.

-¡Es completamente… – exclamaba Alcor.
-…insufrible! – concluía Noque.

En esas ocasiones, Deslenguado se enterraba en la arena para no escucharla, y Tun-Tún se daba a la fuga. La sirenita la quería pese a este defectillo, porque Lola era buena gente, cariñosa, y ayudaba a todos en lo que podía.

Muchas veces, durante el recreo, Deslenguado y Tun-Tún se marchaban de correrías, y no regresaban a las últimas clases. La señorita Carey ni se daba cuenta, y sí en alguna rara ocasión lo advertía, les amenazaba con hablar seriamente con sus padres, promesa que nunca llegaba a cumplir porque se le olvidaba a los dos minutos de haberla hecho.

CAPÍTULO 2

UN RECREO MOVIDO

 

Aquél estaba siendo otro día de tantos. Deslenguado y Tun-Tún se habían marchado en el recreo, naturalmente sin pedir permiso, y andaban por el vecindario buscando inocentes a quien molestar. Los hermanos Cara Caballo no habían acudido a la escuela porque Alcor había estado tosiendo toda la noche, y Noque no dejaba de moquear. Aunque la fiebre se la habían repartido entre los dos, el catarro era de cuidado.

La sirena Magdalena, Lola y Fizo, jugaban al truque. Habían dibujado en el suelo, con piedrecitas y almejas vacías, un rectángulo grande dividido en seis cuadrados. Tenían que arrojar una piedra al primer cuadrado y luego, saltando a la pata coja, ir empujando la piedra por todos los demás sin pisar las rayas. Si se conseguía rematar la primera vuelta, se iniciaba la segunda, esta vez tirando la piedra al segundo cuadrado. Así hasta completar todas las rondas. Ganaba el primer jugador que lo lograba. El erizo hacía las veces de piedra, en tanto que Lola y Magdalena lo arrojaban una y otra vez a las casillas. La bonachona caracola acababa de perder su turno, porque se le había ladeado un poco la casa, que llevaba siempre a cuestas, haciéndole perder el equilibrio, y había caído del lado izquierdo sobre las rayas.

Magdalena ya había lanzado a Fizo sobre la segunda casilla, y se disponía a saltar a la aleta coja, cuando algo la detuvo. Se trataba de un sonido; como gritos de socorro.

Nadie más lo había oído. Pero estaba segura; lo escuchaba de nuevo. Eran voces angustiosas.

-¿Porrr qué te parrras? – preguntó Fizo arrastrando las erres como acostumbraba.
-Alguien está pidiendo auxilio -respondió la sirena.
-¿Auxilio?, ¡Oh mares! -repitió Lola, que se inquietaba enseguida por cualquier cosa- ¡Oh, mares!, ¿cerca de aquí?, ¡Alabado sea Neptuno! ¿Qué es, qué sucede, quién, cómo, qué…?
-¡Un poco de calma, Lola, que no me dejas oír!
-¡Oh, vaya, lo siento de veras! ¡Perdón! Yo no… ¡oh mares!

Fizo chistó. Tras unos segundos de silencio, Magdalena escuchó de nuevo la acuciante llamada. Era la voz de Tun-Tún, sin duda.

-¡En aquella dirección, vamos! – exclamó, y salió nadando lo más deprisa que pudo, sin pensárselo dos veces.

Magdalena apretaba contra su nariz el puente de las gafas, mientras sus amigos se disponían a seguirla. Eran bastante más lentos, sobre todo Lola, y pronto vieron las ondulantes trenzas de la sirenita perderse entre las callejuelas del arrecife. A los pocos minutos, Magdalena divisó a Tun-Tún agitando convulsivamente la cola y yendo de un lado a otro de una pequeña abertura, que parecía la entrada de una cueva.

-¿Eh?- dijo el atún sorprendido- ¿Eres tú?
-¿Qué sucede, por qué gritas?
-¿No viene nadie más?
-Lola y Fizo venían detrás. ¿Qué te pasa? -volvió a preguntar la sirenita.

Tun-Tún se llevó las aletas a la cabeza, desesperado. Pensó que su amigo el lenguado estaba perdido sin remedio. ¿Qué iban a poder hacer aquéllos pequeñajos por él? Y además, justamente ellos, que eran siempre el objetivo preferido de sus burlas. No se molestarían ni lo más mínimo. El destino les brindaba una estupenda ocasión para vengarse. Y aunque estuviera equivocado al respecto, ya casi no quedaba tiempo para impedir la tragedia. Viendo que no acudía nadie más, se confió a Magdalena.

-Deslenguado se ha metido en esa cueva a curiosear, habíamos visto algo que brillaba en el fondo, y como yo no quepo por el agujero, ha entrado él solo. Luego hemos oído ruido de motores, todo retumbó y un trozo de coral desprendido atrapó al jefe como si se tratara de una jaula. No tiene fuerzas para moverlo, y yo no puedo ayudarle, soy demasiado grande para entrar por el agujero -gimió el atún.
-Bueno, si eso es todo, tranquilízate. Yo tengo el tamaño justo, y aunque no lo creas, mucha fuerza. No me costará demasiado apartar ese bloque de coral.
-Es que eso no es todo. Ahí dentro vive una morena. No lo sospechábamos, claro. Pero ha salido de su madriguera con apetito, y quiere almorzar lenguado, por lo visto.

Magdalena abrió mucho la boca, pero no llegó a gritar, solo dejó escapar un ahogado suspiro. ¡Caramba, eso era muy distinto!. Había oído hablar de las morenas a su madre adoptiva, la delfina Josefina. Ella le había contado que eran unos peces con forma de serpiente, y le había advertido que tuviera mucho cuidado con ellas, especialmente con una llamada Selena. Magdalena no la había visto nunca, pero sabía cómo identificarla: tenía una cicatriz cerca de la cabeza, fruto de una pelea habida con otra morena, según le había relatado su mamá delfina. ‘Selena es muy fuerte’ -le contaba-. ‘Mide más de dos metros y tiene unos dientes afilados como navajas con los que sujeta a su presa hasta que muere’.

Magdalena sólo esperaba que al menos, aquella morena no fuera precisamente Selena. No sabía qué hacer. ¿Cómo ayudar al infeliz bandido sin poner en peligro su propia vida? Lola habría dicho que ni hablar, que aquél tunante no se lo merecía. La sirena comprendía las posibles razones de la caracola, pero sentía que por lo menos, había que intentar ayudarle. Se quitó las gafas y se frotó los ojos. Tenía que pensar en algo, y rápido.

CAPÍTULO 3

LA CUEVA DE LA MORENA

La morena ya se habría dado un festín de lenguado, de no ser por que la imprevista jaula, que al mismo tiempo era cárcel y salvación de Deslenguado, se lo impedía. Aunque aquello no duraría mucho. La morena había empezado a embestir el trozo de coral, y en cualquier momento el asustado prisionero quedaría al alcance de sus temibles mandíbulas. Todos, incluido él, sabían que los minutos que le quedaban de vida estaban contados, si es que un milagro no lo impedía. Y Deslenguado no creía en los milagros.

Entretanto, llegó Fizo a lomos de la caracola. Magdalena les puso al corriente de la situación enseguida.

A Lola se le disparó la lengua, según lo previsible.

-¡Se lo ha buscado, por insolente, egoísta y mal pescado!
-¡Y por brrribón, maleducado y prrresumido!- apostilló Fizo-. Pero la verrrdad, no es tan crrriminal como para merrrecer esa muerrte tan horrrible!

Tun-Tún entonces, dijo tímidamente:

-Seguro que si sale de esta… se arrepentirá de todo y pedirá perdón. Os pido que le ayudéis, si sabéis cómo hacerlo. Es el único amigo de verdad que tengo, después de todo.

La sirenita, que se había asomado al boquete, intentaba exprimir su imaginación para extraer de ella alguna idea brillante, pero no se le ocurría nada. Entonces vio la cicatriz de la cabeza del pez con forma de serpiente. En efecto: se trataba de la mismísima Selena. La cosa cada vez tenía peor pinta. Selena había liberado al prisionero parcialmente, y estudiaba el mejor ángulo para lograr asestarle el primer mordisco.

En ese momento, Magdalena recordó algo que, inexplicablemente, había olvidado hasta ese preciso momento. Chascó los dedos alegremente, y los demás la miraron sorprendidos.

-¡Soy una sirena!

Lo dijo como si lo acabara de descubrir. Tun-Tún pensó que se habría vuelto loca de repente. Magdalena se dio cuenta de que ninguno comprendía el motivo de su entusiasmo.

-¡El canto de sirenas! ¿No lo pilláis? -dijo, y los hoyitos de sus mejillas se hicieron más profundos.

Carraspeó un par de veces, y luego una voz cristalina empezó a brotar de su garganta. Era sabido que el canto de las sirenas tenía propiedades misteriosas. Sus voces eran tan hermosas, que hipnotizaban a quien las escuchaba. Eran muchas las historias de marineros que habían extraviado el rumbo de sus naves, cautivados por los misteriosos cantos, y envueltos en alucinaciones.

Magdalena cantó y cantó, y cuanto más cantaba más fuerte se sentía.

Tun-Tún llevaba ya un rato flotando a la deriva, abandonado a sus ensoñaciones. Lola daba volteretas con su casa a cuestas, sin dejar de reírse. Y Fizo parecía bailar un tango con una lindísima eriza fantasma que sólo él podía ver.

Sin embargo Selena se había resistido. Al principio, giró la cabeza bruscamente, y cuando descubrió la cara pecosa de Magdalena, se enfureció. Un ligero temblor sacudió por dentro a la pequeña, pero no dejó de cantar. Su voz llegaba de algún lugar remoto más allá de su garganta. Era como si todas las sirenas de todos los mares estuvieran acompañándola en su canto. La enorme morena fue elevándose poco a poco, como un dirigible, hasta tropezar con los corales de la bóveda, y permaneció allí arriba, columpiándose y retorciéndose en espirales como la barra de un carrusel.

Era el momento de actuar. Sin dejar de cantar, Magdalena se introdujo en la cueva, y encontró a Deslenguado con la mirada perdida, y por supuesto, incapaz de reconocerla. Tenía una aleta un poco aplastada, y algunas magulladuras, pero se curaría. Una vez liberado, tuvo que sujetarlo por la cola, porque se alejaba flotando peligrosamente hacia la boca abierta de Selena.

Solamente cuando hubo cruzado al otro lado, con el herido cargado a la espalda, se sintió a salvo y guardó silencio. En ese mismo momento todos cayeron al fondo como si se hubieran vuelto de plomo.

-¡Porrr todos los caballitos de marrr! -gruñó el erizo- ¿A dónde se ha ido mi parrreja!
-El tobogán… de algas… amarillas… -farfulló Lola, aturdida.
-No sé que he perdido, pero algo he perdido .. -murmuró el atún, más atontado aún. (¿O debería decirse atúntado?).

Oyeron gruñir a Selena.

-Será mejor que nos alejemos de aquí cuanto antes, por si acaso -dijo Magdalena.

El que más tardó en reaccionar fue Deslenguado.

-¿Qué… qué ha pasado? -balbució- ¿Quién me ha sacado de ahí?

Hubo unos momentos de silencio.

-Ha sido ella -le aclaró finalmente Tun-Tún.

Deslenguado miró a su amigo como si le costase mucho creer lo que acababa de decir.

-¿Quién de nosotros podrrría haberrrlo conseguido, si no? – le preguntó el erizo.

Deslenguado volvió a mirar a Tun-Tún, a Lola, a Fizo, y luego a la sirena pecosa y frágil que acababa de salvarle la vida. Llevaba las trenzas medio deshechas por el esfuerzo, y las gafas un poco torcidas hacia la mitad de la nariz. Le observaba con expectación. Motivos para desconfiar de él, tenía de sobra; eso había que reconocerlo.

-Parece que te debo la vida -dijo finalmente, visiblemente avergonzado.

La sirena se ruborizó un poco, sin saber muy bien por qué.

-Bueno… seguramente tú habrías hecho lo mismo por mí…
-Seguramente no -interrumpió la caracola-, que pretendía continuar indefinidamente; pero sintió la mirada inmóvil de todos sobre ella, y comprendió que aquél no era el momento de explayarse.
-No es raro que pienses así – admitió Deslenguado- pero he vivido un gran peligro muy de cerca, y de repente he comprendido muchas cosas.

Luego miró a Magdalena nuevamente y dijo:

-Yo te llamaba cuatro ojos, pero estaba cien veces más ciego que tú. No veía la generosidad de tu corazón. Casi me cuesta la vida, pero he aprendido la lección.
-Agradéceselo al oído que te oyó, y a la voz que te libró de una muerte segura y cruel. De no ser por ella, ahora serías puré de pescado en el estómago de Selena.
-Tienes razón. Pero desde hoy seré otro lenguado. Lo prometo. Y os pido a todos que me perdonéis.
-Lo crreerré cuando lo vea con mis prropios ojos.

Las risas fueron bien acogidas tras el comentario de Fizo, pues necesitaban distenderse un poco, después de tantas tensiones.

 

EPÍLOGO

Desde aquél día las cosas fueron muy diferentes en Bellavista. La señorita Carey alcanzó su soñada jubilación, y ocupó su lugar el profesor Pulpo; un joven despierto y amable, aunque algo estrafalario. Cambiaba de color varias veces durante las clases, imitando las tonalidades de todo lo que había a su alrededor, tanto que a veces era difícil distinguirlo de la pizarra, o de las paredes, o de cualquier otra cosa. En sus horas libres tocaba la batería en un grupo de pop, pues gozaba de un don natural para ello. A veces aporreaba el teclado a la vez que daba baquetazos a la batería. Era todo un artista.

Tras el incidente con Selena, el lenguado disolvió la banda. Eso disgustó a los hermanos Cara Caballo.

-¿Y cómo se supone… -empezó Alcor.
-que nos divertiremos ahora? – terminó Noque.

Pero con el tiempo, comprobando que podían divertirse mucho más que antes en compañía de todos los demás, se olvidaron de la cuestión, y hasta de que habían sido unos alcornoques gamberros. Incluso se volvieron un poco menos alcornoques. Lamentablemente, no lo bastante como para cambiar de nombre.

Magdalena progresó rápidamente en clase, pues ya podía ver sin dificultad los ejemplos que el profesor Pulpo dibujaba en la pizarra. Deslenguado le había cedido su puesto en la primera fila, y en los recreos se lo pasaban todos tan requetebién, que les daba pena que se acabaran tan pronto.

Al profesor Pulpo, le encantaba mirar por la ventana cuando sus alumnos jugaban en el patio de la escuela. Nunca había visto tanto compañerismo. Estaba satisfecho y orgulloso de ellos.

El mundo es mucho mejor cuando sus habitantes se respetan y se ayudan. La sirena Magdalena lo sabía muy bien. Por eso seguiría siendo generosa siempre, pasara lo que pasara. Sabía que era la única forma de ser feliz.

FIN

Mariaje López

 

 

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