Angelotes

Mi Maestro

 

  “Una cosa es saber y otra saber enseñar”.

(Cicerón).

Seguramente el sueño de muchos niños en Radona, era tener un padre ferroviario. Pero le tocó a Vicente. Bueno, a él y a sus dos hermanos mayores. A los dos años de haber venido al mundo, les llevaron a Madrid para quedarse. Como tantos otros, sus padres habían decidido probar fortuna en la capital, y escasamente podían imaginar el calibre de los nubarrones que se cernían sobre la historia de España.

Vicente andaba por su sexto año de vida cuando estalló la guerra civil. Hay cosas que no se olvidan jamás, por muy tierna que encuentren la memoria que pisan. No se olvidan los bombardeos, la peregrinación de casa en casa, dejando atrás la escombrera del último refugio, las cargas ocultas con garbanzos de estraperlo, que perlas eran a la hora del trueque; el color ceniciento de los días, los rostros llenos de miedo… ni tampoco, en medio de todo, la mirada dulce y el abrazo tranquilizador. Eso, por fortuna, también permanece.

A un acuerdo llegaron los padres de los niños; no se separarían de sus hijos, que bastante huérfanos de otras cosas andaban sin tener culpa. Ya sabían que otras familias habían mandado a sus hijos al pueblo, con algún pariente que pasaba menos necesidad por vivir en el campo. Las ciudades nunca fueron lo mejor en estos casos. Pero ellos se comprometieron a hacer lo preciso para que los niños no pasaran hambre, y lo consiguieron, porque el miedo es fuerte, pero más fuerte es el amor.

Si existe algo peor que la guerra, es lo que deja tras de sí. Y peor que lo que deja, es lo que se lleva consigo. El mundo ya nunca vuelve a ser el mismo, y la esperanza camina sin prisas cuesta arriba. Cuando quiere caminar, que a veces es una mula terca, y hay que obligarla.

Las oportunidades de estudiar, de hacer carrera, eran escasas para los pobres. Vicente adquirió los rudimentos de la lectura y la escritura, y con eso y poco más tuvo que mudarse al mundo adulto. Comenzó a trabajar a los once años, como aprendiz en un taller de carpintería, oficio en el que le precedía su hermano mayor. Con el empeño de salir a flote que había heredado de sus padres, el joven alimentó un espíritu de lucha que jamás se rendiría.

Añadía a todo una capacidad infinita de abonar sus sueños, y apostaba por ellos. Soñando aprendió a montar en bicicleta, y por la fuerza de sus sueños tomó forma su primera moto, comprada por cajones en el rastro; una preciosa zundapp que con el tiempo, incorporaría hasta un sidecar. Soñando, en fin, armaría los cimientos de la vida que anhelaba. Había aprendido que si bien hay esfuerzos que no merecen la pena, sí en cambio, todo lo que merece la pena requiere esfuerzo. Bien sabía que los sueños sin acción eran como patines sin ruedas. Por eso apuraba los minutos tratando de no perderlos en esa nada que todo lo marchita.

En cuanto pudo disponer de un mínimo de ingresos, comenzó a pagarse las clases nocturnas que irían completando su formación básica. Si iba a ser carpintero, sería de los buenos. No paraba en melindres con tal de adquirir destreza, y hacía favores extras y recados a los mejores oficiales, para agradecerles los secretos del oficio que le iban entregando como pago implícito.

De taller en taller, iba subiendo peldaños en su destreza, lo que le atrajo la consideración de sus jefes y mejores sueldos. A nadie pasaba inadvertido el entusiasmo de aquel joven, y de haberse desenvuelto en estos tiempos, la terminología actual le habría llamado proactivo.

El tiempo, que nunca para quieto, traía nuevas caras, enlazaba historias, derrocaba o encumbraba metas. A veces engañaba con astucia aparentando detenerse… esa extraña cualidad que activa la contemplación de la belleza. Y Vicente ya había experimentado cómo una cara bonita de mujer puede detener el tiempo. Eso fue cuando conoció a la madre de sus hijas.

A los dieciséis años se hicieron novios. A los veintiséis se casaron. De este matrimonio nacieron dos reinas tan preciosas como sus mejores sueños. Y ya era decir.

Pero no adelantemos acontecimientos; antes de todo eso tuvo que cumplir con el ejército. El servicio militar en la España de Franco no era una opción. Por menos de un chupito le declaraban a uno desertor.

En la mili pasó frío por quintales. Frío del de Burgos, que enfría más. Entre tiritones aprendió Morse. Y conoció a un copiloto que acabó en amigo, y amigo se le quedó de por vida.

Con la licenciatura en el bolsillo, ya podía pensar en grande, se dijo. Como si no hubiera estado pensando en grande desde que lo parió su madre. Al poco abría su propio taller, que más adelante pasaría a ser Vicente Muñoz S.A.

Siguieron años de intenso trabajo. Su decisión de abrirse paso en la alta gama le impulsaba. Los autodidactas son así. Aprendió casi todo lo que sabe de ese modo: conducción, mecánica… tal vez por eso conserva todavía un Seat 600, ya una pieza de coleccionista que lleva media vida con él. Lo mismo pasa con la cocina, el bricolaje y tantas otras materias. A todas las dota de ilusión como él sólo sabe hacerlo. Si ve de lejos el aburrimiento, acercarse con su paso cansino, no le da pista. Se pone a inventar, otra de sus principales y grandes cualidades.

Deseaba tener un hijo. Pero el destino estimó más conveniente otra cosa. ¡Y qué agradecido está Vicente al destino! Primero llegó María, su primera niña. Ignoraba, claro, que había otra belleza por llegar: Raquel. A la cual llamaron, andando el tiempo, el hombre de la familia. Y no porque precisamente le faltara encanto femenino, pues a la fuerza que indiscutiblemente había heredado de su padre, sumaba la intuición y dulzura que dicen predomina de forma natural en el bello sexo.

En lo profesional, Vicente iba logrando, cada vez más, ser una referencia obligada en muebles de alta calidad. Un proyecto que bajo su batuta estaba tomando muy buen rumbo; y es que pocos sueños se resisten al triángulo de las tres “tes”: Trabajo, Talento, y Tenacidad, que resumido viene a ser perseverancia. Con el aval de calidad acumulado aumentaron los pedidos, y el prestigio de la firma continuaba su ascenso. El nuevo taller proporcionaba trabajo a más de treinta empleados. Pero Vicente no se dormía en los laureles. Viajaba al extranjero y participaba en ferias nacionales para estar al tanto de las novedades del sector. ¡Y vaya si lo estaba! Pendiente de la última, “un hombre siempre atento a cualquier oportunidad que le hiciera crecer”.

oO0Oo…

El buen nombre del que Vicente Muñoz goza profesionalmente se corresponde con su buena fama el ámbito de lo personal. Los que le han tratado y le conocen le califican como “todo un caballero”, lo cual no está reñido con la sencillez, y su forma de estar en el mundo lo corrobora. No extraña que Gregory Peck en su película del traje gris fuera un referente, ni que disculpase de tapadillo la impostura de Escarlata O’Hara en reconocimiento a su tesón en “Lo que el viento se llevó”. Claro que eso tal vez no impidió la complicidad con el capitán Butler, cuando después de tantos desprecios recibidos, y habiendo escuchado las quejas de su exigente dama, las equiparó a los rábanos en su escala de intereses.

Merece la pena aprender de un maestro cuando se le encuentra. Y maestro acaba siendo todo aquél que se crece en la adversidad. Quien sabe rastrear el cabo fértil del enredo, aún en las horas más extremas, sabrá deshacerlo con sonrisas; pues maneja la alquimia para revertir el polo negativo de las circunstancias.

A Vicente no hay que servirle la ilusión a domicilio. En el huerto de su parcela se cultiva con esmero y luego se reparte la cosecha. A los inventores no les faltan ilusiones ni quehaceres. En su taller garaje – o garaje taller, como se quiera, que el orden no altera los productos de la factoría Muñoz-, hay un catálogo exhaustivo de herramientas que el manufactor conserva en buen estado. Porque las cosas hay que hacerlas a remachamartillo, como a la vieja usanza y el buen obrar convienen.

Los libros no van a la zaga de las herramientas. Entran en la casa bien seguros de hallar siempre acogida en sus estantes. Por eso abundan y se diversifican, que si precisan más sitio ya lo buscará el patrón, aunque para ello tenga que proyectar ampliaciones en la casa. Historia, viajes, novela, ensayo, bricolaje, cocina… tú busca y si no, pregunta. Seguro que encuentras algo de tu interés; y él, con su tierna sonrisa te dejará el libro idóneo que estabas necesitando. Ya sabes, a Vicente le interesa casi todo.

Hay un perro que le sigue a todas partes. La fidelidad hay que nombrarla, por lo menos, que es un bien escaso en estos días, y a la nobleza le gusta reunirse con los suyos. De los gatos le gustan otras cosas: esa belleza elegante a la que no dan importancia, ese bastarse solos para los afectos, ese arrumaco inesperado y repentino, ese hacerte notar que te están honrando con su presencia, y la sonrisa perenne que traza la línea de sus fauces. A escondidas de ellos, (que buenos son los gatos para estas cosas), deja comida para los pájaros, agradecido por el canto que regalan, y tal vez hasta se animen a hacer nido las golondrinas. Será un placer observarlas en primavera, mientras alimentan a la prole, y verlas revolotear junto a las fuentes desde un banco del jardín, o bajando a beber a la piscina, ¡que menudo charco les ha preparado!

A Vicente le importa, por encima de todo, su familia. En el memorándum de sus días estrella abundan las fechas de reunión familiar, que una paella de Vicente es una excusa magnífica para buscar el día de juntarse todos. Es su plato vips. Las primeras costó bastante comérselas, un arroz descolorido y duro como los pies de un cristo. Eso no mermó un ápice su entusiasmo sabedor de que equivocarse es aprender, averiguar la manera en que no deben hacerse las cosas, y adquirir experiencia. Nadie que pruebe sus paellas hoy, creerá que hubo un tiempo en que el chef no sabía ni batir un huevo. Pero a un voluntarioso de pro no le vengas con listas de imposibles. Si hay que cocinar se aprende. Y aprendió.

Sus Filetes a la Vicentina son ya un clásico. Acompañados de un buen vino para regarlos. Y su Pulpo a la Gallega no ha de mendigar ternura al de ningún pulpeiro pontevedrés. En su nevera no se tiene constancia de que hayan faltado nunca cervezas para el aperitivo, ni se cuentan ausencias prolongadas de boquerones en vinagre. Cuando la ocasión llega, los vasos de licor de hierbas ingresan en el congelador, para esperar su turno y rubricar el postre. Entonces salen y no antes, con ese rocío albino que hace más apetecible su contenido. Se prolonga luego la sobremesa con lo que corresponda; un aluvión de chistes, alguno algo picante si procede, o una charla del calibre que se tercie.

A Vicente le gustan las conversaciones profundas. No sorprende en quien lleva tanto vivido y tiene cosas que contar. La hondura es algo infrecuente en la maraña de superficialidad que prima. Ésa no le enreda, que ya descubrió hace mucho cuáles son las cosas que realmente importan. Sabe que absolutos hay muy pocos; y ésos, siempre subjetivos.

Por lo general se habla de futuro, porque Vicente no es de mirar atrás. Vive el presente y lo disfruta. Si busca en el pasado es para identificar el rastro que le trajo hasta el ahora. Si acaso, para tomar impulso. Y para engarzar las perlas de experiencia que recolectó con paciencia.

Encuentra siempre motivos para seguir adelante, para llegar más lejos. La curiosidad es un ave migratoria. Entusiasmo no le falta para el abordaje, ni para la aspiración de ser mejor cada día, aunque sólo sea un poco.

Los seres queridos son el mejor estímulo, lo que da sentido al camino. Son rostros que lleva impresos en el corazón, que señalan el norte de su brújula. Rostros que fueron o que son. Rostros que le enseñaron y a los que enseñó. Rostros que amó y que sigue amando, como el rostro luminoso de su madre, imagen de amor y amparo que le puso tan difícil lo de comprender la frialdad ajena, ese distanciamiento gandul que no busca soluciones.

De sus padres aprendió una paradoja: que de la ternura emana una fuerza poderosa. Recuerda los queridos rostros infantiles de sus hijas. La pequeña Raquel acompañándole a todas partes, contemplando fascinada el mundo con sus ojos inmensos de Caribe; queriendo ayudarle en la carpintería. Vaya si lo hizo. Con diecinueve años se alistó en plantilla y aprendió entre bastidores del maestro. Viajaron juntos muchas veces. Compartían gran parte de sus vidas. No han dejado de hacerlo nunca. Ella cuenta siempre con su consejo y su apoyo sin gravámenes.

Recuerda las fiestas sorpresa a las que lo llevó engañado, para encontrarse con todos sus empleados, y aquellas otras cenas sorpresa de familia. ¡Cuánto amor recibido! La vida con sus regalos. La vida; ese torrente que llega y que desborda, que quema, que redime, que viene de frente y bendice a quien la celebra. Recuerda la llegada de cada nieto, colmando más, -todavía más-, todos sus anhelos. Primero llegó Javi, luego Elena. Les siguieron Andrés, Lara, y Esperanza. Cinco milagros para añadir a su lista de prodigios.

Como la de Elena, aprendiendo a montar en bicicleta en la finca. Una tarde fueron los dos juntos, nieta y abuelo, de compras al Corte Inglés. A la vista de las marcas de ropa que su abuelo iba eligiendo, ella que ya tenía algunos conocimientos sobre la cuestión le dijo:

-Abuelo, eres un pijo.

Le miró con ternura, y afloraron esos hoyitos tan graciosos que le salen cuando sonríe. Enseguida añadió:

-¡Pero eres un pijo especial!

La frase alcanzó el grado de consigna. Se instauró como título honorífico y como tal se mantiene. Sólo hay que observar cómo mira a su abuelo para darse cuenta de que le adora. Está entusiasmada con esa ocurrencia suya, da igual la edad, de aprender a manejar el ordenador. Por eso encuentra tiempo para ayudarle cuando se atasca. ¡Cuántos con menos años dicen que ya no están para esas cosas! En algunos casos es cierto, pero en la mayoría, sólo es desidia. Una inmensa pereza que no afecta a su abuelo, es más, que le da grima. No, su abuelo no es de ésos. Su abuelo Vicente es la bomba.

Él sabe que la mejor manera de estar en forma, a todos los niveles pero sobre todo mentalmente, es aprender, atreverse con lo nuevo. Una mente joven busca, no espera a que la casualidad le traiga las cosas, sale a por ellas. Elena conoce chicos de su misma edad que no tienen de jóvenes ni la mitad que su pijo especial, y no puede imaginarse la vida sin esa sonrisa con bigote, sin ese gesto cariñoso de reparto frecuente. Lo mismo le pasa a Raquel, que no se imagina los días sin el hombre que además de ser su padre y su amigo, también es su maestro. No podría haber soñado mejor abuelo para su hija. Su padre es una pieza fundamental de su historia: la piedra angular. Ella sabe que poder sentir orgullo por tus padres es un privilegio. Por eso, tener un padre al que admirar y del que aprender es un regalo inmenso de la vida. Entonces es cuando la gratitud se desborda y todo se queda corto para demostrarla. Pudiera parecer exceso, tal vez a quien no sabe; pero su gratitud sólo nace de una verdad, simple y desnuda. Muchas cosas que admira de sí misma las aprendió de él, y cada día sigue aprendiendo porque no deja de sorprenderla.

Cada mañana él la llama, sobre las nueve:

-¡Buenos días, preciosa!

Y luego, durante un rato, se cuentan sus cosas. Cuando Raquel cuelga el teléfono, siente las pilas recargadas, el buen humor a punto, las ganas de luchar listas para abordar la jornada. Que se prepare el mundo para otra luchadora un nuevo día. Nunca sintió a su padre más incondicional, más de su parte, que cuando tuvo que remodelar la empresa y cerrar el taller de fábrica que a él le había costado tanto levantar. Sabe que aquello le supuso un duro golpe, pero apenas lo quiso demostrar. Andaba más preocupado por la herida de la hija, no fuera a dolerle demasiado. Le dio lo que más necesitaba: confianza. A ojos cerrados y sin condiciones. Y de propina el ánimo que hubiera tenido que darse en carne propia. Se las apañó para duplicarlo, que tenía que alcanzarle para dos.

Si un camino se enfanga, hay que buscar otros. Se acaban abriendo senderos alternativos. Y si no, campo a través. Siempre hay opciones para un paso siguiente, nuevas ideas para desgranar. Con pasión y coraje se hace camino.

Encontraron nuevas velas y evitaron el naufragio. El buque sigue a flote y el rumbo lo marcan otras coordenadas. La magia de su conexión volvió a funcionar. Sin el apoyo incondicional de su padre, tal vez Raquel lo habría logrado igualmente, pero habría sido un periplo mucho más áspero y difícil.

No es secreto lo que siente Vicente por sus hijas. Por si quedan dudas aclara su orgullo de viva voz. Es un hombre de palabra que opta por expresar, por encima de todo, su amor con hechos.

Demuéstrame tu amor sin hechos –retaba San Pablo en una carta- y yo con mis hechos te demostraré mi amor”.

Y Vicente es bastante paulino en esto. Apuesta por la demostración sobre la marcha. Su disponibilidad es proverbial. Lo deja todo cuando alguien de los suyos le necesita, y es un mediador nato, porque no soporta las rencillas. Tiene una máxima: “Que nada les falte si yo alcanzo”.

No aconseja actitud que él no haya sido capaz de culminar, veamos:

Resolución, y de esto va bien servido. Integridad sobre todo. Puntualidad -lo contrario le incomoda bastante-. Presencia; y la suya es rotunda. Cercanía, cariño y disponibilidad.

Se lo puede uno imaginar en múltiples situaciones. Acude normalmente a la llamada su imagen risueña, esa mirada que descubre mundos, y la postura elegante del que conquistó su espacio sin artificios. Puede imaginársele en el garaje, entre sus herramientas, inmerso en algún nuevo ingenio. Persiguiendo el rastro del olor a leña, tal vez lo encuentres leyendo cerca de la chimenea. O quizá lo halles en la cocina, con ese delantal puesto que lleva escrito su nombre y la consigna que tiene a medias con Elena.

Puede imaginársele ocasionalmente triste. Esto infrecuente, pero posible, ya que es humano, aunque sin duda extraordinario, pero humano al fin y al cabo; y ha pasado por momentos muy difíciles. Es verdad que en las dificultades, todas las personas se parecen. La diferencia, la sustancial diferencia, es la manera de afrontarlas. Algunos llevan la insignia honorífica que identifica a los maestros de la vida. Dicen los que le conocen bien, que Vicente es uno de ellos. Por más que no ostente su insignia en la solapa. Y es que hay cosas que no pueden llevarse en secreto.

Mariaje López

 

 

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